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September 03 SilencioEl silencio de Masonga es extraño.
Y no es que no haya sonidos o que el viento se enferme de malaria y emita poquísimos sonidos con ojos de enferma pero gritando que está enferma… no. No tiene nada que ver con eso. El silencio de Masonga es extraño. Inexplicable.
Es un silencio que se te sube desde los pies, cerca de los tobillos y cosquillea cuando llega a la altura de las rodillas.
Una vez en la cintura sabes que es imposible quitártelo del todo (como las siafu[1] que a pepe i ana de seguro les deben haber dado más de un dolor de cabeza y asombrado en su primer encuentro para después esquivarlas indiferentemente con un salto, un brinco o un sencillo pisotón seguido de una leve carrera de escasos dos o tres metros antes de volver a la calma de un lento pero firme caminar).
Después te das cuenta que no sólo te ha llegado a la altura del pecho sino que te rodea y muerde el cuello desde toda la aldea [si fueras un felino podrías mover tus oídos en varias direcciones y escucharías los gritos de algún niño perdido o mal atendido, los tambores de la primaria anunciando que la inminente paliza que recibirán algunos niños está a punto de iniciar, el graznido de decenas de –en realidad tal vez sólo dos o tres- aves, las risas de adolescentes en un salón alguna vez construido por un grupo de españoles no españoles o el lento andar del sol y te darías cuenta de que hay millones de sonidos... pero no eres felino y todos esos sonidos te abandonan de una buena vez] y no escuchas nada nuevamente… como cuando detectaste el sonido de ese silencio por primera vez hace unos segundos, cuando se prendía de tus tobillos antes de escalarte hasta el cuello.
Y es que el silencio de Masonga es sumamente extraño.
Pocas personas pueden llegar a escucharlo o sentirlo (que en realidad es mucho peor pues se siente desgarrándote el pecho formando un triángulo exacto justo entre el esternón, el corazón y la garganta) y cuando lo hacen se quedan de pie, estáticos, bajo el sol que marca, mucho más allá de tu camisa, sin quemar.
Al hacerlo, se encuentran no sólo solos sino también mudos, inmóviles con un sabor a hierro viejo en la boca (tal vez debido al tabaco fumado y al ron bebido la noche anterior).
Y es que el silencio, este particular silencio, no es una carencia de sonidos… es un estado en el que te encuentras justo después de llegar o de partir de aquí. [Aunque es más fácil saborearlo una vez que llegas pues sabes –por que esas cosas se saben- que te indigestará una vez que te vayas (en Lleida no hay antiácidos para tal indigestión pero a veces el comer caracoles y escuchar las posibilidades que el ruido de una cubeta de playa convertida en un inmenso y sonriente tambor traerá ayuda un poco al malestar)].
He llegado nuevamente a Masonga… después de cerca de cinco meses he llegado nuevamente a casa. Los sonidos me han saludado, los carpinteros de mi ventana han salido, regresado, salido de nuevo y regresado otra vez con sus particulares graznidos de pelea familiar, los kenges[2] siguen huyendo ante el menor indicio de humanos alborotando todas las hojas secas que hay a su paso haciendo obvio el camino que han tomado –si fuéramos tan sabios como los kenges y pudiéramos elegir nuestros caminos con tal prontitud y seguridad, por eso es importante observar a las hormigas antes de la lluvia, para aprender de ellas - los unicornios silenciosamente se han extinto de este lugar dejando muy poca imaginación a las personas que habitan o viven –como yo- en África y el Victoria sigue siendo el Victoria –lo único que creo puede ser celoso del todo.
El llegar a Masonga ha sido una rareza. Los olores siguen ocultándose al ver el polvo levantado por un auto que se acerca, los sonidos siguen saturando muchos de los rincones de los que se cuelgan, los monstruos que ahuyentan niños siguen saliendo rápidamente de atrás de las puertas con arco y flecha… pero todo es tan extraño que no puedo sino reconocerlo de inmediato.
Me encuentro de pie, entre las casas de Masonga, no camino entre el polvo de sus caminos, no me tapo los oídos ante los casi infinitos decibeles que emiten sus chiquillos y sin embargo el silencio de Masonga está tan presente en mi cuello que casi me deja una marca de furor adolescente.
Y es tan extraño.
He vuelto sí… pero ahora no sé si me he vuelto o he vuelto.
Quiero creer que he vuelto y no que me he vuelto (aquí la gramática juega un papel fundamental como lo saben bien quienes o quien habita frente a un puente gigante) aunque eso lo sabré a su debido tiempo.
He regresado, eso es cierto… pero las cosas a pesar de que no han cambiado –y sinceramente creo que nunca lo harán- han cambiado. Creo que lo mejor es dejar que las cosas pasen a su debido tiempo, cuando ellas quieran, después de todo siempre ha sucedido así a pesar del capricho humano.
Es difícil poner atención a todas las cosas que pasan. Todavía hay mucho dolor y esperanza por lo que ha pasado recientemente. Creo que será mejor sentarme… tomar las cosas con calma y escuchar qué es lo que viene, que es lo que ella me dice o recomienda. Nunca me dejó sólo y no lo hará ahora que lo ha hecho. Así no es ella y los que tenemos la fortuna de conocerla lo sabemos bien, tenemos esa certeza –como muchas que casi nunca tenemos.
Pero es tan difícil pues en Masonga el silencio es tan extraño que nunca se sabe a bien qué es lo que se escucha.
Ahora intentaré poner atención por difícil que resulte ya que creo escucho o siento algo raro en mi pecho cerca de donde colgaría una cruz que me dieron en México… colgaría si no la hubiera enviado a Catalunya el año anterior, me he quedado estático y el sol quema bajo mi camisa.
Y me he quedado sólo (aunque no del todo), mudo e inmóvil con un sabor a hierro viejo en la boca (tal vez debido al tabaco fumado y al ron bebido la noche anterior).
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