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December 03 Lección 4“Gracias” es una palabra muy común en nuestro lenguaje. Estornudamos y después del “salud” respondemos “gracias”; dónde queda tal calle? ... Gracias; Oye, qué hora es? ... Gracias; pásame la sal... Gracias; eres un pendejo... Gracias. A todo decimos “gracias”. Pocas veces en realidad queremos decir “gracias”. Muchas veces, creo yo, queremos decir en realidad: “te lo pedí amablemente, lo correspondiente era que accedieras a mis demandas, si no hubieras accedido a ellas, te tacharía de mamón o de hijo de puta”.
Pásame la sal por favor... No... Chinga tu madre.
Achú!!! ..... (silencio) ... pendejo.
Hey, dónde está tal o cual calle?... No te digo... pinche mamón...
Hey, pásame a tu carnal (o carnala) no?... Nel, háblale otra vez para que te conteste él (o ella) en el otro teléfono... Hijo de puta.
Ven a lo que me refiero?
En mi uso del lenguaje, pocas veces dije “gracias”. Lo sustituí por algo diferente. Creo que era más honesto que decir “gracias” sin querer decirlo.
Eh Mickey, una chela (o una yerba o un tonic o cualquier pisto) no?... chido güey.
Eh, Señor, disculpe usted mi atrevimiento (yo soy muy atrevido y pocos saben eso) sabe usted dónde putas madres queda tal calle? ... ok. Chingón.
Hey moy, una ahogada sin chile con un putero de limones con dos dorados y un hueso al lado, no?... zaz.
Pipo, mándame doce de barbacoa a la casa, no? Simón, en tres platos y con un chingo de cebolla y más limones que cebolla... sobres.
Pocas veces dije “gracias” y creo que cuando lo decía era como decir... el cielo es morado o Vergara no es un pendejo o que no chingue a su madre Calderón, es decir, diciéndolo sin querer decirlo o queriendo decir lo contrario, pues todos sabemos que el cielo no es morado, que Vergara sí es un pendejo, y que por favor, calderón chingue a su madre junto a su puto cuñado incómodo. Hoy no sé cuántas veces lo dije en realidad sin decirlo. En fin...
En los dos últimos meses se presentaron ciertas dificultades técnicas en la escuela que me habían mantenido muy a la defensiva, sin ganas de nada, indiferente ante lo que pasaba. Me valía madre si pasaba algo o nada. Me limité a irme contra las cuerdas, como un boxeador, para limitar el área por la que pudieran atacarme. No respondí. Sólo estuve en las cuerdas. Solo.
Pero ha terminado el round 1. Sonó la campana del intermedio (que no es sino el principio de algo).
En ese instante de descanso que fui dado, mis “seconds” –el güey que apoyaba a Rocky gritando en cámara lentísima mientras éste le pegaba el último mega chingadazo a Drago, el ruso mamey- se me mostraron en mi ringside, ahí a un brazo de distancia (aunque nunca he sido bueno para juzgar la distancia).
Ahí, en mi ringside, estaban la banda, mis amigos, mis hermanos, mi madre y padre. Presentes de muchas maneras, y aunque pocas tangibles (hay pocas cosas tan tangibles como el viento) muy evidentes.
Al leerlos, escucharlos, pensarlos, recordarlos, he recibido (otra vez, como cuando la lección dos) como una botellita de agua de tlacote o de “agüita alegre” (aquella que la selección argentina de fútbol tomó en el mundial del 94 y de la que se cree a partir de los videos vistos diez años más tarde, mas nunca se ha demostrado, que iban “cargadas” de algo. Chismes y conjuras contra el fútbol argentino). Me han levantado nuevamente el ánimo y me han ayudado a tenderme para el round 2.
Ahora estoy otra vez listo para pegarme otro round. Las piernas tiemblan sí, pero estoy de pie. Que venga lo que venga. No soy rocky, ni el maromero, ni julio cesar, pero sí me aviento otros dos rounds más.
La banda se mostró a mi lado justo en el momento en que me creía más solo, con más miedo. Y ahí se mantuvo sin abandonarme.
Me levantaron, me acompañaron, me recordaron lo escrito y lo no escrito, no solo me dejaron caer, sino que me preguntaron sí me iba a quedar ahí tirado en el suelo como pendejo... (cada quién se queda como puede). Me dijeron a gritos silenciosos que me levantara y que no me hiciera pendejo (cada quien se hace como puede) que no me correspondía el papel de víctima barata de novela aún más barata, que para eso eran los putos dientes... para apretarlos en los momentos cabrones en los que es necesario que la boca sangre no por los putazos que recibimos sino por lo fuerte que la apretamos para recibir estoicamente dichos putazos (Hermana... te amo, que sangre profusamente ca’!!!) pues estos nos harán cagarnos de risa en uno o tres o en diez o en mil años.
Con todo esto me di cuenta que no soy la pistola que creí ser. No soy el cabrón hijo de puta come fuego que alguna vez me sentí. No soy ni batman ni superman ni el hombre araña, chingada madre... no soy ni el pinche mata cursis de la pitaya yeyé y además de todo... no mames!!! Me di cuenta que tenía que decir “gracias” por el apoyo mostrado de nueva cuenta.
Pero cómo decir “gracias” sin que suene a: “te lo pedí amablemente, lo correspondiente era que accedieras a mis demandas, si no hubieras accedido a ellas, te tacharía de mamón o de hijo de puta”. Cómo decir “gracias” sinceramente y peor aún ¿cómo decir gracias por algo que no pedí?
Hoy aún no sé cómo se debe decir o entonar un “gracias” que sea sincero hasta los huesos. Pero si es desde adentro de donde debe de salir, pues entonces suena así: Gracias.
Gracias a los que se han mantenido a mi lado. Gracias neta, por estar ahí, indeleblemente en el viento, imborrablemente en el pie, imperturbablemente a mi lado, inclusive en la distancia, aunque nunca he sido bueno para juzgar distancias.
Gracias cabrones (y cabronas, para ser políticamente correcto).
No sabía que se mantendrían tanto tiempo ahí. Pero lo han hecho, y por ello no tengo que, quiero decir gracias. Sin rodearlo en comillas, pues ahora no es una frase, sino una idea que digo, que les digo.
Gracias.
Lección 4: No hay pedo por decir “gracias” desde adentro. Lección 4: Palomita.
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