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September 03 Bajo el Agua... ... ... ... ... . . .......
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Cuando iba a la escuela de natación (tenía apenas entre dos y cinco años) la parte que más me gustaba de la clase era cuando teníamos que hacer “bucitos”. Aquel ejercicio en el que aguantas la respiración para sumergirte en el agua y regresar de inmediato a la superficie. Creo que ese ejercicio era para que los demás niños supieran controlar su respiración bajo el agua y no se ahogaran. Yo desde la primera clase noté que mis maestros no respiraban bajo el agua. En las olimpiadas del 80, recuerdo ver la tele en el depa de federalismo, vi claramente como los nadadores respiraban fuera de la alberca y nunca bajo el agua. Yo ya sabía que no se respiraba bajo el agua. Cuando nos hacían hacer bucitos, yo me quedaba unos momentos más bajo el agua y mi maestra –una morena súper fea pero con unos pechos impresionantes- me sacaba a huevo... temía que me ahogara. ¿Cómo poder ahogarme bajo el agua si es mi elemento, si es en ella donde estoy en casa? Esa parte de la clase me gustaba mucho y no por que con mi mirada indiscreta veía con la malicia que un niño de cinco años puede tener los pechos de mi maestra, sino por todo aquello que veía al cerrar los ojos. El ver el silencio y el ruido bajo el agua siempre me ha hipnotizado, ahora creo yo, desde aquellas primeras inmersiones al agua. Al salir rápidamente y verme rodeado de un circo -no de tres sino de cientos de pistas- de sonidos, de ruidos no podía sino sumergirme nuevamente para repetir esa sensación. Todos los niños gritando, todos los niños pataleando, todos los adultos indiferentes ante el aprendizaje de un grupo de huesitos, musculitos, trajecitos de baño, gorritas para el pelo, tablitas para flotar, chanclitas para no resbalar, toallitas para secar... todo eso en un solo instante en mis oídos... y los olores. El cloro, la alfombra húmeda de meses, el calor emanado por el techo de la alberca, los eucaliptos fuera del club... todo eso en un milisegundo y no diez, como nos decían los maestros, sino veinte o treinta veces por turno como yo decidía. No podía esperar a mi siguiente clase para nuevamente con mis ojos cerrados ver los pechos de mi maestra y oler y escuchar todo lo que el agua me tenía siempre en bandeja de plata.
Un sonido al que pocas veces presté atención fue mi propio sonido o ruido al salir del agua, respirar, escuchar y oler. Y ese sonido es el que ahora escucho muchas veces muchos de estos días. Es el sonido del salir del agua, del salir de mi espacio, de mi elemento para desprenderme instantáneamente del agua (que escurría por mi piel, por mi cabello, junto a mis oídos y bajo mi nariz) que cargaba todos esos sonidos y olores en cada molécula que me empapaba. También es el sonido que se hace cuando los pulmones ya no dan para más y necesitan en el transcurso de aproximadamente un cuarto de segundo llenarse de nueva cuenta de aire para poder gozar de los sonidos y olores que se ocultan bajo el agua.
Por malo que parezca, no es un sonido que desprecie. Es un sonido, el del salir del agua, que invoca vida. Que invoca movimiento, que invoca un choque, un despertar. Un alivio instintivo contra el alivio buscado por la fantasía de un niño que no para de crecer para nunca crecer y seguir inmerso en su fantasía. ................................................. sonaba yo cuando salía de esa piscina.
El regresar a México no sólo fue un abrupto salir, fue un abrupto secar. A diferencia de los niños que temían por sus endebles huesos al arrojarse a una piscina de no más de cuatro metros de profundidad, yo siempre añoré el llegar a la C. La zona de la piscina donde la profundidad obligaba a cualquier alumno menor de 12 años a ir acompañado por un maestro. Una vez mientras la maestra suplente, una rubia muy bonita y delgada, cuidaba a un niño más pendejo que cualquier niño que haya visto se distrajo me fui a la C. Pasé primero por la B, donde los grandes nadaban, pero que si tenían pánico acuático, podrían con sólo erguirse, poner pies sobre el fondo de la piscina resolviendo así su miedo húmedo. Algunos grandes me dijeron “niño, regrésate al kínder, aquí es para los grandes que sabemos nadar” mientras se aferraban aterrorizados a sus tablitas para flotar. Imbéciles!! Quién acaso quería nadar en su espacio de alberca meado y babeado? Yo no. Me acercaba más y más a la C. El agua era más azul y no creo que fuera por la profundidad sino por el azulejo con el que habían recubierto esa parte de la alberca. Estaba ahora en la C. Fuera del alcance de mi maestra, una rubia muy bonita y delgada. Mi instinto me arrojó a tomar una respiración profunda, muy profunda y descender. No fue mi primer intento de suicidio –que fuera de una puñeta mental adolescente nunca he tenido. Fue mi primer encuentro con el silencio absoluto. Bajé y bajé... en silencio. Rodeado de silencio. La presión del agua se hacía más y más fuerte y mis pulmones lo sentían; mis oídos se llenaron de una cápsula de aire que saqué fácilmente al apretar mis dos fosas nasales y soplar fuertemente. Y seguía bajando. Cuando toqué fondo, me concentré en el silencio que me cubría ahora de pies a cabeza. Toqué con mis manos el fondo e impulsado por mis piernas a manera de resorte, salí disparado a la superficie de la C. Sabes cuando un circo de cientos de pistas se convierte en El Circo de Sonidos? Me apoyé de la barda y salí de la piscina. Había conquistado el miedo de todos los niños y de todos los maestros: La C. Al lograrlo no me colgaron ninguna medalla al valor ni mucho menos, pero al hacerlo, me colgué al cuello la medalla que el silencio y el Circo de los Sonidos dan a aquellos que los escuchan para nunca confundir nuevamente el silencio del ruido con el ruido del silencio. Cuando regresé a mi sección, la A, mi maestra rubia, angustiadamente bonita y delgada, me preguntó dónde había estado. Miré tímidamente a la C y dije que en el baño, que se encontraba justo frente a mi, no de donde yo parecía venir. No me creyó pero no me castigó. El castigo hubieran sido hacer unos cincuenta bucitos en una zona donde el silencio ya no era silencio ni el ruido, ruido. Y ahora me escucho saliendo nuevamente del silencio de la C. Esta vez sin embargo no me concentro en el silencio que acaba de rodearme, ni en El Circo de Sonidos que me avasalla; por el contrario, me fijo nuevamente en el sonido del instinto que alivia por que los pulmones se llenan nuevamente de aire, invocando vida, movimiento, alivio. He salido nuevamente a respirar, ha sido un momento dolorosísimo. Sabes bien qué es lo que ha sucedido y no lo sabes. Abres los ojos y sabes qué lo ves, pero no sabes lo qué ves. He estado inmerso unos cuantos meses, casi cinco, en la C. No espero medalla alguna esta vez, ni siquiera la del Circo de los Sonidos. Y camino lentamente a la A, donde ya no hay rubias bonitas ni delgadas, ni un par de pechos impresionantes bajo el agua de mis ojos cerrados, ni tablitas ni toallitas ni nada. Pero invariablemente, cada vez que veo a la tribuna, aquel lejano lugar desde donde los adultos se angustian ante el posible ahogo de sus musculitos y huesitos amaestrados y bien educados, mi mamá está ahí. Detrás de un libro atenta sin aspavientos, sin escándalos de mamá cuervo, sin moverse nerviosamente cada vez que sus huesitos, sus musculitos, muy traviesos por cierto, bajan al agua para hacer un bucito. Viéndome cómo hago esos bucitos, cómo me arrojo al agua, cómo me escapo a la C, desde donde no escucho nada, de donde salgo caminando no asustado, para volver a hacer bucitos y escuchar todo lo que hay que escuchar, oler todo lo que hay que oler, y sentir aquello que uno puede sentir cuando está bajo el agua contemplando el silencio.
Memo. En la tribuna. Abrazando a mi mamá, por haber confiado en mí, por haberme educado, por hacerme su hijo.
SilencioEl silencio de Masonga es extraño.
Y no es que no haya sonidos o que el viento se enferme de malaria y emita poquísimos sonidos con ojos de enferma pero gritando que está enferma… no. No tiene nada que ver con eso. El silencio de Masonga es extraño. Inexplicable.
Es un silencio que se te sube desde los pies, cerca de los tobillos y cosquillea cuando llega a la altura de las rodillas.
Una vez en la cintura sabes que es imposible quitártelo del todo (como las siafu[1] que a pepe i ana de seguro les deben haber dado más de un dolor de cabeza y asombrado en su primer encuentro para después esquivarlas indiferentemente con un salto, un brinco o un sencillo pisotón seguido de una leve carrera de escasos dos o tres metros antes de volver a la calma de un lento pero firme caminar).
Después te das cuenta que no sólo te ha llegado a la altura del pecho sino que te rodea y muerde el cuello desde toda la aldea [si fueras un felino podrías mover tus oídos en varias direcciones y escucharías los gritos de algún niño perdido o mal atendido, los tambores de la primaria anunciando que la inminente paliza que recibirán algunos niños está a punto de iniciar, el graznido de decenas de –en realidad tal vez sólo dos o tres- aves, las risas de adolescentes en un salón alguna vez construido por un grupo de españoles no españoles o el lento andar del sol y te darías cuenta de que hay millones de sonidos... pero no eres felino y todos esos sonidos te abandonan de una buena vez] y no escuchas nada nuevamente… como cuando detectaste el sonido de ese silencio por primera vez hace unos segundos, cuando se prendía de tus tobillos antes de escalarte hasta el cuello.
Y es que el silencio de Masonga es sumamente extraño.
Pocas personas pueden llegar a escucharlo o sentirlo (que en realidad es mucho peor pues se siente desgarrándote el pecho formando un triángulo exacto justo entre el esternón, el corazón y la garganta) y cuando lo hacen se quedan de pie, estáticos, bajo el sol que marca, mucho más allá de tu camisa, sin quemar.
Al hacerlo, se encuentran no sólo solos sino también mudos, inmóviles con un sabor a hierro viejo en la boca (tal vez debido al tabaco fumado y al ron bebido la noche anterior).
Y es que el silencio, este particular silencio, no es una carencia de sonidos… es un estado en el que te encuentras justo después de llegar o de partir de aquí. [Aunque es más fácil saborearlo una vez que llegas pues sabes –por que esas cosas se saben- que te indigestará una vez que te vayas (en Lleida no hay antiácidos para tal indigestión pero a veces el comer caracoles y escuchar las posibilidades que el ruido de una cubeta de playa convertida en un inmenso y sonriente tambor traerá ayuda un poco al malestar)].
He llegado nuevamente a Masonga… después de cerca de cinco meses he llegado nuevamente a casa. Los sonidos me han saludado, los carpinteros de mi ventana han salido, regresado, salido de nuevo y regresado otra vez con sus particulares graznidos de pelea familiar, los kenges[2] siguen huyendo ante el menor indicio de humanos alborotando todas las hojas secas que hay a su paso haciendo obvio el camino que han tomado –si fuéramos tan sabios como los kenges y pudiéramos elegir nuestros caminos con tal prontitud y seguridad, por eso es importante observar a las hormigas antes de la lluvia, para aprender de ellas - los unicornios silenciosamente se han extinto de este lugar dejando muy poca imaginación a las personas que habitan o viven –como yo- en África y el Victoria sigue siendo el Victoria –lo único que creo puede ser celoso del todo.
El llegar a Masonga ha sido una rareza. Los olores siguen ocultándose al ver el polvo levantado por un auto que se acerca, los sonidos siguen saturando muchos de los rincones de los que se cuelgan, los monstruos que ahuyentan niños siguen saliendo rápidamente de atrás de las puertas con arco y flecha… pero todo es tan extraño que no puedo sino reconocerlo de inmediato.
Me encuentro de pie, entre las casas de Masonga, no camino entre el polvo de sus caminos, no me tapo los oídos ante los casi infinitos decibeles que emiten sus chiquillos y sin embargo el silencio de Masonga está tan presente en mi cuello que casi me deja una marca de furor adolescente.
Y es tan extraño.
He vuelto sí… pero ahora no sé si me he vuelto o he vuelto.
Quiero creer que he vuelto y no que me he vuelto (aquí la gramática juega un papel fundamental como lo saben bien quienes o quien habita frente a un puente gigante) aunque eso lo sabré a su debido tiempo.
He regresado, eso es cierto… pero las cosas a pesar de que no han cambiado –y sinceramente creo que nunca lo harán- han cambiado. Creo que lo mejor es dejar que las cosas pasen a su debido tiempo, cuando ellas quieran, después de todo siempre ha sucedido así a pesar del capricho humano.
Es difícil poner atención a todas las cosas que pasan. Todavía hay mucho dolor y esperanza por lo que ha pasado recientemente. Creo que será mejor sentarme… tomar las cosas con calma y escuchar qué es lo que viene, que es lo que ella me dice o recomienda. Nunca me dejó sólo y no lo hará ahora que lo ha hecho. Así no es ella y los que tenemos la fortuna de conocerla lo sabemos bien, tenemos esa certeza –como muchas que casi nunca tenemos.
Pero es tan difícil pues en Masonga el silencio es tan extraño que nunca se sabe a bien qué es lo que se escucha.
Ahora intentaré poner atención por difícil que resulte ya que creo escucho o siento algo raro en mi pecho cerca de donde colgaría una cruz que me dieron en México… colgaría si no la hubiera enviado a Catalunya el año anterior, me he quedado estático y el sol quema bajo mi camisa.
Y me he quedado sólo (aunque no del todo), mudo e inmóvil con un sabor a hierro viejo en la boca (tal vez debido al tabaco fumado y al ron bebido la noche anterior).
February 17 5to MaloHay gente que es muy supersticiosa. No cruzan bajo una escalera, nunca suben al piso trece (que en algunos casos nunca es de mala suerte, sino de buenísima suerte o simplemente un número favorito de alguien) y otras más apuestan en repetidas ocasiones escudándose en dichos como: “la tercera es la vencida” o “no hay quinto malo”. Yo no soy así, una vez leí en un mensaje de esos de calendario de carnicería que es de mala suerte ser supersticioso.
El viejo y conocido refrán “no hay quinto malo” alberga un poco de esperanza para los que no tenemos suerte. Apostamos a un par de dos y perdemos. Mantenemos o incrementamos la apuesta.... “ya llegará una flor imperial” decimos. Pero no pasa nada. Invariablemente perdemos. Perdemos y perdemos, pero no cesamos en nuestro esfuerzo por ganar. No hay quinto malo decimos constantemente, cada quinto juego para nuevamente perder. De cuan pocas flores imperiales nos provee la vida. Poquísimas.
Cuando tienes un dolor de cabeza que dura más de un día, sabes que algo anda mal. Cuando tienes náuseas por cerca de tres días, sabes que algo anda mal. Cuando presentas vómitos durante la madrugada por más de una semana, sabes que algo anda mal. Cuando te sientes rara por más de dos semanas, sabes que algo anda mal. Cuando tu periodo se retrasa más de un mes, sabes que algo anda mal. Y sabes que eso no es mala suerte.
Para muchas mujeres en el mundo sin embargo, esto no indica que algo vaya mal, al contrario, todo va bien. Pero para Verónica sí que era algo malo.
Verónica se sentía mal. Tal vez tendría algo que ver el hecho de haber dormido en varias ocasiones con su novio. Con un temor del tamaño del Estadio Azteca, Verónica se armó de valor e hizo lo que cualquier muchachita inteligente haría. Quedarse callada para pensar cómo decirle a sus padres que estaba embarazada, después de todo, son sus padres y sabrían qué hacer. “Por algo son adultos. Ellos sí que pueden aconsejar a los hijos en momentos de crisis o de angustia”.
Los padres de Verónica trabajaban arduamente para darles educación a sus hijos. Ellos querían que sus hijos fueran a la escuela para que, como dice la campaña del gobierno, pudieran mejorar su condición de vida. Esa era una de las prioridades para ellos y nada les impediría que sus hijos recibieran educación.
Se dice por ahí que los padres de verónica no se sorprendieron al saber que ella sufría de dolores de cabeza, náuseas, vómitos y otros síntomas propios de un embarazo. Después de todo, es normal que muchachitas de su edad anden de aquí para allá y de repente queden embarazadas.
Pero qué hacer en este caso? Es una pregunta muy seria y de muy alto nivel ético como para discutirla a la ligera. Verónica tiene que seguir estudiando. Eso está claro. Pero cómo hacerle si es estudiante de una escuela católica, en la que por supuesto no aceptan muchachitas embarazadas ni madres solteras o casadas?
Claro... ocultándolo de la administración de la escuela. Si la administración no se entera que está embarazada, no habrá problema alguno y podrá continuar con sus estudios.
Ahora queda sólo la pregunta de qué hacer con el embarazo de verónica.
“Estás embarazada? Discreción absoluta. Resultados garantizados”. Se lee en uno de los diarios de principal circulación en Guadalajara. Pero aquí no hay periódicos y sí muchas personas que saben qué hacer en estos casos. La discreción no está garantizada, ni los resultados de lo que hagan, sea lo que sea. Pero lo hacen.
Al cabo de unos días verónica creyó sentirse mejor pero no era así.
Verónica no mejoró y ahora no sólo tenía dolores de cabeza sino dolores muy fuertes en su vientre., sangrado profuso y un malestar general.
Verónica fue apresuradamente llevada al hospital de shirati, donde murió a consecuencia del aborto que le habían mal practicado en alguna choza o establo de la región. Pocos saben dónde, cuándo o cómo.
Pocas personas saben qué fue o cómo sucedió lo que pasó o cómo pasó lo que sucedió, pero las personas que atendieron el funeral de verónica dicen que su padre estaba bastante acongojado al saber que esta vez la persona que realizó el aborto no había hecho bien su trabajo.
Y digo “esta vez” pues era la quinta hija que este hombre llevaba con aquella persona.
Las otras hermanas de verónica tampoco pudieron terminar sus estudios. La administración de la escuela se enteró. Verónica tampoco terminó sus estudios de educación primaria. Y por supuesto, la administración se enteró y lo reportó a la policía como mandan las leyes de este país.
Mi posición respecto al aborto no la discutiré en este momento, pero creo que llevar a 5 hijas a practicarse un aborto no alberga posición alguna respecto a ese polémico tema.
No hay quinto malo se debe pensar muchas veces junto a muchísimos establos o mesas de esta región o de cualquier casino o mega casino justo antes de que la suerte deje de sonreírle a alguien que blande sólo un par de dos mientras incrementa la apuesta, para invariablemente perder y volver a perder mientras dice: no hay quinto malo, ya llegará una flor imperial. De cuan pocas flores imperiales nos provee la vida. Poquísimas. Y el padre de verónica no lo sabe, aunque esta vez perdió y lo hizo en grande.
January 03 Son los papás...
A los 8 o 9 años, muchos niños me preguntaban qué me había traído Santa Claus, El niño Dios, o los Santos Reyes. Al nunca haber creído en ellos o en ninguno, no sabía qué decir. Al preguntarle a mi mamá y mi papá qué decir al respecto, me explicaron que cada familia tenía la costumbre de decirle a los niños que uno de los personajes arriba mencionados era el responsable de los regalos navideños (y los reyes, pues de reyes obviamente, no están tan pendejos) que los niños recibían.
Claramente después de esa conversación con mis padres, supe que tenía que decir cuáles regalos había recibido. Todas las veces sin embargo, omitiendo la parte de que no habían sido esos personajes ficticios en cuestión sino mis padres los responsables de los regalos, para evitar poner en peligro la creencia propia de cada uno de los niños que me cuestionaban acerca de mis regalos navideños a tan temprana edad.
Al llegar a los doce o trece años, descubrí fuera del Colegio Inglés un arma sumamente poderosa. El poder de desilusionar a un niño. Al estar sentado junto a mi amigo Luís Abraham, vi venir a un niño, y como inspirado por el genio maligno cartesiano, dije en voz alta mientras el niño este pasaba justo frente a mí: “mis papás me han dicho que no existen ni santa claus ni el niño dios; que son ellos quienes dan los regalos en navidad”. Solté una carcajada eufórica, Luís Abraham me vio con cara de que soy un hijo de puta y el niño este, sufrió una transfiguración en el rostro digna de una película hollywoodesca, por su rostro bajó una lágrima y su boca dibujo un gesto indescriptible.
El ver la cara de desilusión y más que nada las lágrimas de ese niño me inspiró tanto pero al mismo tiempo me llenó de miedo:
¿Cómo es posible cambiarle la vida a alguien con sólo unas palabras?
Nunca más utilicé esa arma sino hasta bien entrado en mis 17-24 años.
El 25 de diciembre, copas encima, me dirigía manejando o copiloteando a algún parque cercano a casa para donde sea que viera un grupo de niños jugando con sus juguetes de más reciente adquisición gritar a todo pulmón con cerveza en mano:
“¡¡¡No existe el niño dios ni santa claus... son sus papás los que les dan los regalos!!!”
Seguido esto por una carcajada eufórica. Invariablemente cada una de las veces.
Creo que ningún niño con más de una neurona, defendido por el testimonio que sus juguetes nuevos y relucientes en sus manos le proporcionaban, me hubiera creído; pero la reacción de sus padres que les vigilaban en medio de una resaca de envidia, les daba a entender que aquel borrachín les decía algo más que los padres querían que supieran y que hoy sé a ciencia cierta, todos los niños deben de saber: imperativo categórico kantiano.
Mis amigos siempre me regañaban por hacer eso. Claro, nunca se quejaban cuando les decía a media tarde del 25: “vamos a darnos un tour” y sabían por mi mirada y las cuatro cervezas que llevaba en mano que no íbamos a comprar más cervezas sino a gritar al parque.
Hoy ya no hago eso. Pero muchas veces viví atormentado por la idea de que algún padre furibundo me reventara la cara a golpes por el desengaño del que había hecho víctima a su hijo. Es necesario recordar que nunca me he peleado y no sabría cómo responder ante la embestida de algún padre energúmeno.
Pues bien. Cuando descubrí esa arma tan poderosa me llenó de miedo y así mismo me inspiró el poder cambiarle la vida a alguien con sólo unas palabras... un mal necesario.
Hoy 1 de Enero del 2007 justo a las 10:13 a.m. hora tanzana, sin una resaca de miedo, después de dieciocho meses -pero nunca antes tan puntual- mi teléfono ha sonado trayendo consigo mi regalo:
Me habló mi papá.
Son los papás los que dan los regalos de navidad y de reyes. Alguien debe estar gritando eso en este preciso momento seguido por una carcajada eufórica mientras mi rostro se llena de lágrimas, sin embargo ellas de alegría.
Gracias a ese alguien por haberlo gritado.
“Son los papás los que dan los regalos de navidad y de reyes” me dijeron mis papás. Pero nunca los escuché.
Hasta hoy.
December 03 Cosas que se sabenDespués de un muy buen susto todos sabemos que es bueno comer pan y no tomar agua, pues se puede derramar la bilis. Todos sabemos eso. Por eso siempre después de algún impacto de mediana o alta magnitud justo afuera de mi casa, los implicados en dichos eventos automovilísticos llegaban a la tienda a comprar un bolillo o algún pan dulce. No tomaban agua por temor a que, como la abuelita les dijo siempre, se les derramara la bilis. La vez que despedacé el carro a los 17, y me escapé del agente vial o pinche támaro como prefieran llamarlo, al llegar a casa de Liz Madera, su mamá me ofreció un whisky, no agua, por lo que el susto y el estrés mezclados con el agua podrían hacer en mi salud. Después de mi fuga del brazo de la ley y de mi llegada a Atotonilco (pueblo de los altos de Jalisco donde conté la historia del choque en múltiples ocasiones, cada una con una cerveza o tequila patrocinado por mis primos o sus cuates terminando esto en una peda para el anecdotario) mi abuela –quién chingados puede decir “no” a la abuela?- me hizo tomar no sé qué polvo mágico para evitar se me derramara la bilis. Dicho polvito tiene efectos médicos que ayudan a que la bilis no se derrame. Todos sabemos eso. Vamos, son cosas que se saben…
Una perrilla es algo que sale en uno de los párpados. Muchos creen –sobre todo cuando somos niños- que se deben a nuestra indiscreción al ver un perro cagar, echarse un cake o defecar. Los adultos por supuesto sabemos que esto no es cierto. Pero cuando alguien tiene una, sabemos que uno de los mejores remedios para eliminarla es cortar un limón y con un alfiler extraer una de sus semillas -teniendo sumo cuidado de no tocarla con nuestras manos sucias- para frotarla en la molesta y grotesca protuberancia. Todos sabemos eso. No importa qué tan molesto le resulte al enfermo el que la mamá le sujete la cabeza y los párpados y los frote con una semillita que arde hasta la parte baja de la nuca. Esto, después de varias sesiones, pone fin a la perrilla. Todos sabemos eso. Vamos, son cosas que se saben…
Las mariposas negras que reposan en los rincones de las paredes son bastante feas. No sólo carecen de cualidades estéticas sino que además son malas. Malas a secas. Todos sabemos eso. Pero nadie ha sido suficientemente valiente para vivir con una de esas mariposillas por más de algunos minutos –antes de abrir la ventana y espantarla con una escoba- para ver cuáles son las calamidades que dichos animalillos traen consigo. Sólo sabemos que son malas y que al volar van dejando una estela de polvo que puede dañar los ojos o hacer que se caiga el cabello. Estos animalillos no son dignos de ningún rincón de nuestra casa u oficina y es mejor echarlas… por si las moscas. Todos sabemos eso. Vamos, son cosas que se saben…
Cuando nos disponemos a pelar un pepino, es mejor cortar los dos extremos, las dos puntas y frotarlas contra la carne viva del pepino para evitar que se amargue. Todos sabemos eso. Por eso cuando nos disponemos a preparar la botana justo antes del partido, novela o borrachera los pepinos son frotados en los extremos -inclusive por tan sólo unos segundos- para evitar que su sabor cambie. No lo pensamos pero damos por hecho que los pepinos antes de haber sido preparados fueron correctamente frotados en sus extremos y disfrutamos de su sabor con limón y sal (muchos comemos poco chile y preferimos hacerlo en los de barbacoa o las tortas ahogadas). Nadie pregunta el cómo fue la preparación de los pepinos pero suponemos y sabemos que fueron frotados adecuadamente es sus extremos, por eso los pepinos saben a pepino. Todos sabemos eso. Vamos, son cosas que se saben…
Cuando uno se excede en el consumo de bebidas embriagantes los resultados son bastante molestos. Las crudas son de antología sobre todo si se consumió mucho vodka. Cuando estamos crudos, uno de los mejores remedios es una michelada o una cerveza o algo. Pero no podemos tomar agua de sandía. Todos sabemos eso. El agua de sandía puede provocar algún mal al hígado, estómago, riñones o algo. Por eso, cuando alguien anda muy crudo y tiene antojo de agua de sandía, inclusive los que venden aguas frescas, recomiendan agua de otro sabor, cualquiera menos de sandía. Nadie quiere que se tuerza o se desmaye o se muera el crudo en cuestión por haber tomado agua de sandía. Todos sabemos eso. Vamos, son cosas que se saben…
Todos sabemos que Salinas mató a Colosio y que al Cardenal se lo echaron los Arellano Félix; también sabemos que si un cassette VHS (hay alguien que todavía los use?) se ve mal, tiene que ser sacado de la video casetera y es necesario darle unos golpecitos para que vuelva a funcionar; que si el control remoto de la tele no pifa, o bien apretamos los botones con más fuerza o achacamos el problema a las pilas por lo que las sacamos, las cambiamos de lado o en su defecto las rotamos sobre su eje. Esto provocará que vuelvan a funcionar (esto lo hacemos en numerosas ocasiones antes de que compremos pilas nuevas); que las películas pirata se ven mal pero dan un efecto muy similar al de estar en el cine (justo cuando en tu televisor se levanta alguien del público a comprar palomitas); que si te tomas dos litros de tequila y sales rápido al “airecito” se te sube de volada y no tiene nada que ver la cantidad que acabas de tomar para estar ebrio: es el aire lo que te empeda no el tequila. Todos sabemos eso. Vamos, son cosas que se saben...
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Los camaleones son animalitos muy pacíficos y de lentos movimientos. Pero es peligroso acercárseles pues estos poseen un algo que atrae serpientes. De hecho, si se toca, es muy probable que ese algo que tienen los camaleones se le pegue a uno y las serpientes ya no sigan al camaleón sino a la persona que lo tocó. Todos saben eso. Por eso, cuando veas un camaleón, es mejor alejarse lo más rápido posible sin mirar atrás. Los camaleones además, traen mala suerte e inclusive muerte. Cuando un camaleón ronda tu casa alguien caerá enfermo o morirá. Es por eso que la muerte se camufla, para que no la veamos acercarse… como el camaleón. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben…
Las mujeres embarazadas son muy delicadas y tienen un vínculo muy especial con los niños que llevan en su vientre. Todos saben eso. Es por eso que en todo el mundo se cuida mucho a una mujer embarazada. Las mujeres en cinta –me agrada esa expresión “en cinta” pocas veces la puedo usar en una oración- no pueden consumir carne o huevos debido al vínculo que tienen con sus hijos nonatos. Si una mujer consume alguno de estos productos inclusive contra las indicaciones de sus familiares, los hijos nacerán albinos o no desarrollarán dientes. Estos son los resultados de consumir dichos productos durante la gestación. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben…
La circuncisión masculina, tradición entre muchas tribus de esta tierra, se hace no con fines estéticos sino medicinales. Si un niño es circundado, no podrá bajo ninguna circunstancia adquirir enfermedades venéreas. Todos saben eso. Las personas con circunsición pueden andar como enfermera: de cama en cama sin temor a contagiarse debido a que al carecer de escroto pueden lavarse más fácilmente y el virus no tendrá ningún lugar dónde esconderse. Además, el contagio de dichas enfermedades (de transmisión sexual) no viene del hombre. Las enfermedades vienen de las mujeres, que al ser seres sin escroto, desarrollan estas enfermedades. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben…
Los hombres deben tener sexo antes de casarse. Todos saben eso. Si un güey no coge antes de esa edad, no podrá tener erecciones una vez casado. Además del problema que la impotencia representaría para la salud del matrimonio, si una persona no tiene relaciones antes de casarse, después de los 15 años, corre un muy grande y serio peligro de volverse loco debido a que los fluidos que su cuerpo retiene pueden subir al cerebro dejándole incapacitado mentalmente o pendejo pues. Por eso los jóvenes andan en busca de alguien que les ayude a no volverse locos. La masturbación no sirve, pues ésta sólo aumenta el nivel de fluidos interiores y por ende, la presión que estos ejercen sobre el cerebro incrementando la posibilidad de locura. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben...
El SIDA es una enfermedad mortal… si no se cuida a tiempo… y el tiempo preciso es justo después de culminado el revolcón. Todos saben eso. Es por eso que el Presidente Sudafricano, en televisión nacional, recomendó justo después de tener una relación sexual con una persona VIH positiva el duchazo de agua fría, muy fría. Esto reduce entre 50 y 75% las posibilidades de contraer el VIH. El agua fría mata el virus y si además de esto agregamos una inyección de penicilina, no habrá problemas. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben…
El hombre (como género no como especie) es la mejor creación de Dios. Después de él, las vacas ocupan el segundo lugar en perfección en la creación del mundo. Ni siquiera las mujeres (chingado... las mujeres: esa creación imperfecta de Dios) pueden compararse con ellas las vacas. Todos saben eso. Por eso los Pokot del noroeste de Kenia no atan a las vacas, pues sería como atar a Dios mismo y tienen a sus vacas en plena y absoluta libertad. Es inhumano atar a una vaca –hablemos otro día de la mutilación del clítoris que ellos los Pokot aún practican, hoy hablamos de cosas importantes y humanas. Además de que todas las vacas en el mundo les pertenecen como regalo divino y se han dedicado a lo largo del tiempo a recuperarlas. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben...
Los niños son seres muy indefensos y víctimas fáciles de brujos y gente mal intensionada. Todos saben eso. Por eso, a los niños de acá, se les ata un hilo alrededor de la cintura para que los brujos no puedan hacer de las suyas. Si un niño tiene un hilo atado a la cintura, será difícil que un brujo le haga mal de ojo o algún otro embrujo pertinente. No importan las condiciones salubres o insalubres de dicho hilo, lo que realmente importa es que los niños tengan su hilito bien atado a la cintura. Eso los mantendrá sanos y salvos. Todos saben eso. Vamos, son cosas que se saben...
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Aristófanes dijo... yo sólo sé que no sé nada. O fue Kant... o Kierkeegard, Nietzsche... bah, no lo sé. Yo tampoco sé nada. Pero no importa. Yo vivo en África y eso todos lo saben, vamos es algo que se sabe. Lección 4“Gracias” es una palabra muy común en nuestro lenguaje. Estornudamos y después del “salud” respondemos “gracias”; dónde queda tal calle? ... Gracias; Oye, qué hora es? ... Gracias; pásame la sal... Gracias; eres un pendejo... Gracias. A todo decimos “gracias”. Pocas veces en realidad queremos decir “gracias”. Muchas veces, creo yo, queremos decir en realidad: “te lo pedí amablemente, lo correspondiente era que accedieras a mis demandas, si no hubieras accedido a ellas, te tacharía de mamón o de hijo de puta”.
Pásame la sal por favor... No... Chinga tu madre.
Achú!!! ..... (silencio) ... pendejo.
Hey, dónde está tal o cual calle?... No te digo... pinche mamón...
Hey, pásame a tu carnal (o carnala) no?... Nel, háblale otra vez para que te conteste él (o ella) en el otro teléfono... Hijo de puta.
Ven a lo que me refiero?
En mi uso del lenguaje, pocas veces dije “gracias”. Lo sustituí por algo diferente. Creo que era más honesto que decir “gracias” sin querer decirlo.
Eh Mickey, una chela (o una yerba o un tonic o cualquier pisto) no?... chido güey.
Eh, Señor, disculpe usted mi atrevimiento (yo soy muy atrevido y pocos saben eso) sabe usted dónde putas madres queda tal calle? ... ok. Chingón.
Hey moy, una ahogada sin chile con un putero de limones con dos dorados y un hueso al lado, no?... zaz.
Pipo, mándame doce de barbacoa a la casa, no? Simón, en tres platos y con un chingo de cebolla y más limones que cebolla... sobres.
Pocas veces dije “gracias” y creo que cuando lo decía era como decir... el cielo es morado o Vergara no es un pendejo o que no chingue a su madre Calderón, es decir, diciéndolo sin querer decirlo o queriendo decir lo contrario, pues todos sabemos que el cielo no es morado, que Vergara sí es un pendejo, y que por favor, calderón chingue a su madre junto a su puto cuñado incómodo. Hoy no sé cuántas veces lo dije en realidad sin decirlo. En fin...
En los dos últimos meses se presentaron ciertas dificultades técnicas en la escuela que me habían mantenido muy a la defensiva, sin ganas de nada, indiferente ante lo que pasaba. Me valía madre si pasaba algo o nada. Me limité a irme contra las cuerdas, como un boxeador, para limitar el área por la que pudieran atacarme. No respondí. Sólo estuve en las cuerdas. Solo.
Pero ha terminado el round 1. Sonó la campana del intermedio (que no es sino el principio de algo).
En ese instante de descanso que fui dado, mis “seconds” –el güey que apoyaba a Rocky gritando en cámara lentísima mientras éste le pegaba el último mega chingadazo a Drago, el ruso mamey- se me mostraron en mi ringside, ahí a un brazo de distancia (aunque nunca he sido bueno para juzgar la distancia).
Ahí, en mi ringside, estaban la banda, mis amigos, mis hermanos, mi madre y padre. Presentes de muchas maneras, y aunque pocas tangibles (hay pocas cosas tan tangibles como el viento) muy evidentes.
Al leerlos, escucharlos, pensarlos, recordarlos, he recibido (otra vez, como cuando la lección dos) como una botellita de agua de tlacote o de “agüita alegre” (aquella que la selección argentina de fútbol tomó en el mundial del 94 y de la que se cree a partir de los videos vistos diez años más tarde, mas nunca se ha demostrado, que iban “cargadas” de algo. Chismes y conjuras contra el fútbol argentino). Me han levantado nuevamente el ánimo y me han ayudado a tenderme para el round 2.
Ahora estoy otra vez listo para pegarme otro round. Las piernas tiemblan sí, pero estoy de pie. Que venga lo que venga. No soy rocky, ni el maromero, ni julio cesar, pero sí me aviento otros dos rounds más.
La banda se mostró a mi lado justo en el momento en que me creía más solo, con más miedo. Y ahí se mantuvo sin abandonarme.
Me levantaron, me acompañaron, me recordaron lo escrito y lo no escrito, no solo me dejaron caer, sino que me preguntaron sí me iba a quedar ahí tirado en el suelo como pendejo... (cada quién se queda como puede). Me dijeron a gritos silenciosos que me levantara y que no me hiciera pendejo (cada quien se hace como puede) que no me correspondía el papel de víctima barata de novela aún más barata, que para eso eran los putos dientes... para apretarlos en los momentos cabrones en los que es necesario que la boca sangre no por los putazos que recibimos sino por lo fuerte que la apretamos para recibir estoicamente dichos putazos (Hermana... te amo, que sangre profusamente ca’!!!) pues estos nos harán cagarnos de risa en uno o tres o en diez o en mil años.
Con todo esto me di cuenta que no soy la pistola que creí ser. No soy el cabrón hijo de puta come fuego que alguna vez me sentí. No soy ni batman ni superman ni el hombre araña, chingada madre... no soy ni el pinche mata cursis de la pitaya yeyé y además de todo... no mames!!! Me di cuenta que tenía que decir “gracias” por el apoyo mostrado de nueva cuenta.
Pero cómo decir “gracias” sin que suene a: “te lo pedí amablemente, lo correspondiente era que accedieras a mis demandas, si no hubieras accedido a ellas, te tacharía de mamón o de hijo de puta”. Cómo decir “gracias” sinceramente y peor aún ¿cómo decir gracias por algo que no pedí?
Hoy aún no sé cómo se debe decir o entonar un “gracias” que sea sincero hasta los huesos. Pero si es desde adentro de donde debe de salir, pues entonces suena así: Gracias.
Gracias a los que se han mantenido a mi lado. Gracias neta, por estar ahí, indeleblemente en el viento, imborrablemente en el pie, imperturbablemente a mi lado, inclusive en la distancia, aunque nunca he sido bueno para juzgar distancias.
Gracias cabrones (y cabronas, para ser políticamente correcto).
No sabía que se mantendrían tanto tiempo ahí. Pero lo han hecho, y por ello no tengo que, quiero decir gracias. Sin rodearlo en comillas, pues ahora no es una frase, sino una idea que digo, que les digo.
Gracias.
Lección 4: No hay pedo por decir “gracias” desde adentro. Lección 4: Palomita.
Morris es SupermanCuando Louisa Lane murió en Superman II, él, superman voló tan rápido que hizo que la tierra girara en dirección contraria regresando así el tiempo para poder salvar a Louisa Lane de aquel terremoto ocasionado tal vez por uno de sus archienemigos. Superman no solo salvó a Louisa Lane sino al planeta entero (creo sin embargo que los cambios climáticos que dicho evento habría provocado serían mucho más dañinos que el terremoto mismo).
Superman salvó a la tierra nuevamente cuando Doomsday, el único cabrón que pudo darse un tiro súper chingón con él, llegó y le reventó la madre. Los dos murieron pero superman salvó a la tierra.
Superman ha salvado a la tierra más de mil veces y es una pistola el güey (a pesar de que beto diga que batman es el más chingón de todos los tiempos y es de hecho el único superhéroe sin súper poderes y el único humano que ha podido darle en la madre a superman y mil argumentos más) eso que ni qué.
Pues Morris es superman.
Morris es un ca’ de mi edad. Creo que tiene más de treinta y cinco años pues asistía a 5to o 6to año de primaria cuando llegaron los hermanos a Tanzania.
Siempre ha sido fuerte, tanto o más que un toro. Parece de dibujo. No va al gimnasio pero trabaja cerca de diez horas al día. Ha recuperado peso y su color de piel ha regresado al tono casi morado que le caracteriza.
Ya no tiene ni vómitos ni nauseas ni diarreas. Nada. Ningún síntoma.
Morris es superman.
No necesitó nunca más una ducha de agua fría y no ha alucinado nuevamente.
Ya camina e inclusive ha ido a Mwanza a comprar un reproductor de discos compactos o CD’s (anglicismo usado inclusive en Cataluña).
Aquel extranjero al que comisionaron para que lo llevara al hospital le ha visitado sólo dos ocasiones, pero han sido suficientes para darse cuenta de que morris es superman.
Morris aún no ha muerto ni está listo para morir. Aún sus hijos tienen padre por un largo rato y él así lo dice, cerca de la tumba de sus tres hijos que fallecieron por desnutrición, malaria o tifoidea antes de cumplir los dos años.
Morris es superman y superman no le teme ahora a las gallinas ni a la brujería.
Morris es superman y le ha ganado la batalla a la tuberculosis y ahora el examen de HIV parece carecer de sentido. Inclusive el dolor en el pecho de mama Fernanda, su esposa, ha desaparecido.
Al visitarle y darse cuenta que morris ha mejorado, que ahora ríe sin toser sangre, que ahora nuevamente ha trabajado su tierra, el blanco se ha dado cuenta que Morris es superman.
Todo lo que pueda decir de morris no basta para comprobar que es superman. Pero lo es. Morris es superman.
Al visitarlo por segunda vez, al verlo a los ojos y darme cuenta que tiene más ganas de vivir que nunca y de hacerlo por sus hijos y esposa, me doy cuenta que nunca ha estado más vivo que nunca, que nunca ha estado tan listo para volar a toda velocidad para hacer que el tiempo regrese y salir a la calle día a día para que su familia pueda comer, que no hay Doomsday que le parta la madre.
Morris es superman.
Y para demostrar esto, le bastó llevarme a ver su huerta.
Y ahí me llevó, caminando en medio de las papayas, de los plátanos, de sus cebollas, de sus limones reales de colima... de sus qué. ¿¿¡¡DE SUS QUÉ!!?? (dejo los signos iniciales de interrogación y exclamación para no perder ningún detalle del significado de las palabras que encierran).
Morris es superman y tiene un árbol de limones reales de colima. No tiene tortas ahogadas, ni tacos de barbacoa, pero tiene un árbol de limones.
Morris es superman y me extiende una bolsa para que la llene de limones...
Morris no ha salvado a la tierra ni le ha partido la madre a veinte mil güeyes que quieren agandallar algo o todo de la tierra, pero se ha salvado de morir y tiene un árbol de limones. Eso me basta...
“Morris es superman” me digo a mi mismo mientras con una bolsita llena de limones sonriendo me dirijo a casa por que voy a comer limones de los que inclusive soñé su olor y sabor, mas nunca pude probar, pues en mis sueños alguien me despertaba justo antes de probarlos ya cuando el olor me llegaba...
Morris es superman.
Y tiene un árbol de limones.
Estadísticas
Un sábado cualquiera del mes de julio a la puerta de nuestra casa tocó Gasto -un señor que trabaja esporádicamente con Sergio Pario. Venía con prisa y preocupado. Su hija María estaba muy enferma (sí, adivinaron: malaria) y estaba muy débil. Necesitaba atención médica y rápido. Después de un minuto de espera salimos rumbo al hospital de Shirati.
María, cuyo nombre pregunté, tenía diez meses y pesaba cuatro kilos 600 gramos al llegar al hospital. Su temperatura corporal era de 38 grados centígrados.
Ambos padres tomaron un examen de tipo de sangre para averiguar cuál de los dos era compatible con el tipo de sangre de María. Mama María donó 150 mililitros de sangre para la transfusión que el médico ordenó.
María recibió medicamentos y la sangre de su madre. Sus ojillos, aunque débiles, mostraban fuerza. Estaba muy despierta y bastante agitada. El médico me dijo que era buena señal y que la habíamos llevado muy a tiempo –achaco el que Gasto la llevara a tiempo a la experiencia que el perder a varios hijos por las mismas causas da.
Después de estar internada (sin los protocolos que muchos hospitales mexicanos seguirían) y en observación por 48 horas fue dada de alta. María se recuperó totalmente y sus ojillos, que una vez me miraron con cara de “no te angusties”, me volvieron a ver hace poco, poco después de la segunda lectura de un domingo.
Sus manitas sujetaron con fuerza mis dedos y mostraba una gran energía al mover su carita de un lado a otro con la curiosidad que los niños de esa edad poseen.
Una semana después, alguien más llegó a nuestra puerta. Esta vez no llegaron tocando sino diciendo “hodi, hodi”. Se trataba de Jared – no aquel que recuerda un rostro, alguien más. Él trabaja como jefe de albañiles en la construcción del hostel para las niñas de la escuela. Su sobrina estaba muy enferma y débil (malaria y desnutrición); respiraba con dificultad. Después de dos minutos de espera y un cambio de conductor salimos nuevamente hacia el hospital de shirati. Déjà vu.
Esa niña, cuyo nombre olvidé preguntar, tenía diez meses y pesaba tres kilos 200 gramos. Su temperatura corporal era de 37. 2 grados centígrados al llegar al hospital.
Esta vez no hubo transfusión de sangre. Sólo le dieron algunos líquidos oralmente y la pusieron en observación.
Mientras la pesaban (y su cabeza se balanceaba como con voluntad propia) sus ojillos se cruzaron con los míos. Había algo. No; mejor dicho, no había algo en esos ojillos. Faltaba algo que en los ojillos de María había percibido muy notoriamente.
Al ver cómo se balanceaba e inmediatamente después de dar el registro oficial del peso, el médico me vio fijamente a los ojos. Una mirada que no necesito describir.
Ella murió esa misma noche. Su madre dormía junto a ella.
La puerta de la casa se mantuvo silenciosa por bastante tiempo. Poco menos de dos meses. Hasta esta semana.
A la puerta se acercaba Mama maría (otra Mamá maría) acompañada de otra mujer que lloraba nerviosamente, casi histéricamente. No dijeron hodi ni tocaron a la puerta. No fue necesario. Sus respiraciones agitadas y el llanto que emitían forzaron a Pario a la puerta y a mi a tomar las llaves de la camioneta instintivamente. Solo dije, nos vemos al rato.
Después de tres minutos salimos rumbo al hospital.
Ese niño, cuyo nombre no me atreví a preguntar, tenía cinco meses y pesaba dos kilos 200 gramos. Su temperatura corporal al llegar al hospital no la sé pues el termómetro que la enfermera le retiró de la axila me quedaba muy lejos para poder leerlo.
Sobre la báscula su cabecita se movía de una manera que me resultó extremadamente familiar. Sus ojitos, que no brillaban, los había visto no hacía mucho tiempo en circunstancias sumamente similares.
Esta vez sin embargo, el médico me dijo que después de la transfusión de sangre y de los medicamentos que le administrarían estaría bien. Esta vez busqué los ojos del médico para que me dijera más con ellos que con sus palabras. El que haya evitado mi mirada me dijo más que aquella vez que me miró de una manera que sobra describir. Se limitó a levantarse de su silla y retirarse de la sala mientras me decía que tenía anemia y malaria. No me vio a los ojos cuando me dijo esto evasivamente.
Él bebe murió esa misma noche.
Al enterarnos a la mañana siguiente (justo antes del desayuno) de lo sucedido con el niño, Pario y yo nos vimos mutuamente con una cara que mostraba entre tristeza y un encabronamiento inmenso para con nosotros y las circunstancias... las circunstancias.
Si no esperaran los padres a que los niños alcancen los 39 ó 40 grados de temperatura para llevarlos al hospital, si usaran mosquiteras, si sólo comieran algo más que puto ugali y puto dagaa (charales), si... si... si...
Desayunamos en absoluto silencio.
Antes de terminar el desayuno, Pario dijo algo que no necesitamos explicar(nos) entre nosotros. Todos entendimos con nuestro silencio.
“Y esos niños en qué encuestas caben... en qué putas encuestas caben?”
Datos tomados de la revistas Time ®, Newsweek ®, The Economist ® y de la BBC de Londres.
July 29 ZoilaJusto hoy, un día después de haber terminado las respuestas a los mails de este mes –en donde les digo que estoy muy bien, que me la estoy pasando de poca madre, que está papísima, que es casi casi como un día en Disneylandia sólo que sin los dogos y la coca cola helada de maquinita, que esto y que l’otro - África me despertó. Me despertó y me dijo: No mames güey, no estás en Disneylandia ca’, no es tu pinche casita con tu pinche camita... estás en África.
No quiero decir que despertó mi conciencia social o mi sed de justicia. Nel. Digo que literalmente me despertó del sueño, me puso en vigilia.
Me explico.
Cada mes, en algunos mails casi siempre al momento de terminar hacía mención de la malaria escribiendo: “un mes más y no hay malaria” u “otro mes y nada, negativo en malaria” o algo así. Este mes no lo había escrito, lo había pasado por alto. Me di cuenta de ello cuando un sonidito exótico me sacó del sueño –justo antes de despertar a quien me sueña.
Ese sonidito exótico en este despoblado provenía de mi celular. Era un mensaje proveniente de Mwanza...
Mi querida amiga Flaget, con quien estudié en Makoko el difícil idioma del Swahili me envió un SMS a la 1:40 a.m. del 9 de julio –por la diferencia horaria, en Jalisco los diputados y funcionarios estatales a esa hora probablemente aún estaban celebrando un aniversario más de la constitución estatal (sí sabías que el 8 de julio es el día de la constitución del estado y que es por eso que hay una calle y una avenida con esa fecha como nombre?) diciéndome que Zoila acababa de morir de malaria. Puta madre!!!!! Dije. Ya nos llevó la chingada. Sí, así lo dije, con todas sus letras.
Pero quién es Zoila? O por qué la menciono?
Zoila es una hermana peruana de no sé que congregación que en su sano juicio eligió venir a África a trabajar. La conocí en Makoko donde ella estudió Swahili y yo extrañé las tortas ahogadas y el limón. Ella de niña soñaba con venir al continente madre a vivir, no de vacaciones como yo o de exploradora intrépida como el Gran Livingstone –ni a tratar con esclavos o a traficar con marfil, armas o diamantes. No, ella simplemente quiso vivir en África pues era el sueño de su vida, su sueño más grande. El trabajar con chamaquitos y chamaquitas de aquí le representaba su más grande realización, su más grande logro.
En su congregación le ofrecieron la oportunidad de ir a África, a lo que ella respondió inmediatamente que sí –con una determinación que inclusive a su hermana o madre superiora sorprendió, yo por mi parte tarde cerca de 5 segundos en decir “sí” cuando chiquilín me preguntó si me lanzaba a África por tres años.
Pues bien, hace unos momentos me he enterado que cayó enferma de malaria. Dolor de cabeza, un poco de dolor estomacal, diarrea, dolor en todo el cuerpo. Revisión médica y efectivamente, tenía malaria. No sé qué medicinas le recetaron ni qué sucedió después. Sólo sé que después le vino una fiebre muy, MUY fuerte y sus pulmones colapsaron. Fin de la historia. Todo fue tan rápido como unos cuantos días.
Son aproximadamente –no hay censos oficiales por parte de los gobiernos africanos y sí muchos números de ONGs – entre dos y tres millones de niños entre un día y siete años de edad los que mueren de malaria al año en África. El número de adultos tampoco se sabe pues con la confusión entre los que mueren de tuberculosis –que es el primer indicio de algo más grave y por lo tanto no cuenta para el registro oficial de aquello que es muy serio- de lepra, de SIDA, de esto o de aquello pues no hay números confiables.
Pero que un extranjero muera de malaria sí es muy raro.
Nosotros los mzungus generalmente tenemos acceso a servicios médicos y recibimos trato preferencial en los hospitales y dispensarios médicos: A nosotros no nos hacen esperar como en la cruz verde, nos atienden en chinga pues los médicos saben que traemos la lana en la bolsa; a los locales les preguntan que con qué van a pagar los gastos generados por la revisión médica y tienen que esperar a que el huevón de la farmacia deje de ligar con la enfermera que le está poniendo con el doctor que se quiere tirar a la administradora del hospital para que les diga que ya pasaron las horas hábiles y que tendrán que esperar al turno de la tarde. Con nosotros usan jeringas nuevas y ahí abren los paquetitos; a los locales les llevan jeringas supuestamente nuevas (alguien me dijo sin que yo haya podido comprobar dicho dato que usan jeringas usadas y hervidas con los locales). A nosotros nos dan medicinas europeas o americanas, ya de perdis dentro de la fecha escrita en la cajita; a los locales les dan medicinas ya caducadas o hechas en tepito e importadas del barrio del Santuario. Y chingada madre, podemos comprar medicinas para esto y aquello pues tenemos un trabajo estable y patrocinado por alguien; los locales ganan $13,200 shillings a la semana (los que tienen un trabajo BIEN remunerado, que son los menos, MUY menos) y eso debe rendir para todos los gastos (no incluye esto los gastos médicos).
Por eso me cagué con el mensaje que recibí. Puta madre... no mames cabrón. Una amiga mía se murió de malaria. De malaria güey!!!!!!! Y yo que no tomo nada. Y ahí... justo ahí, ya no pude dormir.
Al estar con el ojo pelón, ya sin poder dormir me limité a escuchar... La noche y sus bichos y sus miles y miles de sonidos se convirtieron en ruidos. Adiós al susurro de la noche. Ese susurro se convirtió en un grito de miedo. Sólo pude limitarme a taparme apretadamente con mis sábanas y revisar que mi mosquitera estuviera bien puesta y fajada a mi colchón. El miedo a contraer malaria se convirtió en una paranoia inmensa que nunca había sentido.
Qué puto miedo ca’... malaria güey. No mames!!!!!!
Me aferré a un costalito de piel que tengo junto a mi almohada. Lo abrí y tomé algo de su contenido para tranquilizarme. Ha funcionado bastante bien pero ahora, a diferencia de los últimos meses, los zumbidos de los mosquitos retumban en mi cuarto haciendo eco.... bienvenido a África. Ya llegamos. Ya te bajaste del avión y tienes la cara como de sema.
Y sí.
En disneylandia no hay malaria y no estoy en disneylandia.
Estoy en África.
Zoila, descansa en paz. Lo mereces.
Que tu familia y amigos encuentren prontamente el consuelo ante la inmensa pérdida de su hija, hermana, tía, amiga. Amiga...
Aunque nunca lleguen a leer esto estoy con ustedes.
Memo.
En Perú.
Con ellos.
May 17 Historias de MasongaMorris es un cab’ de mi edad (más o menos) el güey tiene más de 25 años seguro. Pues recuerda que cuando los hermanos llegaron a Tanzania él ya iba a la escuela. Según él en 5to o 6to de primaria. Entre 10 y 18 años según los estándares locales. No sabe su edad pues sus padres no la saben. Ignoran el año en que nació, pero saben que ese año llovió mucho. El grueso de la población de esta parte del mundo desconoce su edad.
Morris es fuerte como un toro. Está como dibujado el cab’: ni una gota de grasa, unos abdominales que cualquier modelo envidiaría, músculos hasta debajo de las orejas. Ese cuerpo se lo ha ganado no yendo al gimnasio claro, sino trabajando día a día de 7 de la mañana a 5 de la tarde. Pero ya tiene tiempo enfermo. Ha bajado muchísimo de peso y ahora no trabaja. El color de su piel es no ya negra, sino de un tono un poco grisáceo.
A principios de diciembre tiene dificultad para respirar por las noches. Sueño muy ligero y dolores en las articulaciones. Lo achaca a que ha estado trabajando mucho bajo el sol. A esto siguen dolores de cabeza, fiebres, vómito, nauseas, diarreas muy, muy fuertes, más dolores en las articulaciones, dolores y espasmos musculares. Tiene que dejar de trabajar. Se le dificulta mucho el levantarse de la cama. Toma medicamentos contra la malaria, sólo por si las dudas.
Después de dos semanas de estar así, decide ir al dispensario médico de las hermanas del verbo encarnado. Por supuesto le diagnostican malaria. Le recetan unas medicinas un poco caras para su sueldo pero que remediarían todos sus problemas. Le recomiendan tomar mucha agua. Tras otras dos semanas de tratamiento, el problema se agrava. Mucha más fiebre, cerca de los 40 grados en ciertas ocasiones, vómito e imposibilidad de moverse debido a la debilidad que un mes en cama deja en cualquier cuerpo. Otra visita al dispensario, más medicinas contra la malaria –esta vez mucho más caras que la primera dosis- beber más líquidos. Una semana y nada.
Recibe la visita amistosa de dos extranjeros que le ayudan a sentarse en la cama. Al tocarle la frente, uno de ellos se da cuenta que hierve en fiebre por lo que le obligan a levantarse y lo llevan a que tome una ducha helada, es necesario para bajarle la fiebre y que no se muera ahí. Morris no los reconoce pues la fiebre y la tos lo han debilitado muchísimo y alucina. A esta altura, morris ha perdido cerca de diez kilos. Lleva tres semanas enfermo y está como un hilo el güey.
Primer visita al hospital del distrito, del gobierno claro. Más medicinas contra la malaria, esta vez europeas, tan caras como dos semanas de su sueldo por una dosis semanal. Esto, aunque extremadamente caro, arrancará de tajo cualquier indicio de malaria en su sangre. Más líquidos. Mucho descanso y nada de sol.
Fiebre, vómito, diarrea, tos acompañada de sangre, dolores. A esta altura, morris ya no camina. No puede. Después de casi dos meses en cama, sus músculos ya presentan muestras de atrofio. El caminar le resulta extremadamente doloroso y no tiene energía para estar en pie.
Los médicos del dispensario no han podido hacer nada. Los médicos del hospital de distrito han perdido su expediente y no saben quién es o qué le pasa. Ni siquiera saben que existe.
Morris, enfermo de la situación, decide ir al hospital regional, algo así como el centro médico de occidente (sólo en nombre, no en infraestructura) justo el día que un extranjero es comisionado para ir a recogerlo a su casa y llevarlo al hospital particular que hay en Shirati. Ellos, los extranjeros, cubrirán todos los gastos que se originen de ello. Sin embargo, el blanco llega cinco minutos tarde. Morris ya se ha ido en bicicleta con su hermano al hospital. Se le busca en el pueblo mas no se le encuentra. No se sabe nada de morris en cuatro días hasta que habla y pide lo recojan en casa de su hermano. Una aldea a una hora de casa.
En el hospital le cobran el sueldo de dos meses por darle otras medicinas contra la malaria. Esta es ya la quinta dosis contra la malaria, antibióticos sumamente agresivos que le han ido matando todos los indicios de malaria junto con todos los anticuerpos naturales, está tan débil y sin defensas que es la mitad del morris que se conoce. Está listo para morir y quiere hacerlo en su casa, y así lo dice, cerca de la tumba de sus tres hijos que fallecieron por desnutrición, malaria o tifoidea antes de cumplir los dos años.
Al llegar a casa, descubren una gallina muerta en el pozo de agua…. Un aire de tranquilidad se respira en casa de morris. La gallina lo explica todo. No ha sido malaria sino brujería. Limpia el pozo de agua y se baña con agua limpia. Después de dos días morris se siente mejor. Ya puede salir un poco al sol, ya puede sentarse por sí solo. Inclusive la fiebre se ha ido y sólo queda un poco de tos, pero queda la tos, que no cesa.
Tras tres días de aparente descanso y mejora, morris cae nuevamente enfermo. No ha sido la gallina ni la brujería ni la malaria, a esta altura y después de tantos medicamentos es imposible que tenga malaria. Un médico blanco le toma una radiografía, el equivalente a cinco semanas de su sueldo y presiente que es algo más que malaria. Puede ser tuberculosis que es uno de los primeros síntomas de algo más serio.
La esposa de morris, aprovechando la visita del médico blanco, dice que siente un dolor en el pecho izquierdo. Al ser revisada se le descubre una inflamación en un ganglio, que no es sino uno de los primeros síntomas de algo más serio.
Atamos cabos… se espera que morris se haga una prueba de VIH. Pero quién le dirá lo que se sospecha? Y si el resultado es positivo… después qué? Tiene 5 hijos, su prima vive con ellos pues sus padres han fallecido de algo muy serio. No hay quién cuide a sus hijos ni a su prima… nadie sabe cómo decirle que lo mejor será que se haga un examen de VIH, pero… y después qué? No hay medicamentos paliativos. No hay subsidios para los medicamentos y tiene dos opciones: alimentar a su familia o comprar los medicamentos… sus niños hoy tienen poca comida, lo poco que morris puede proveerles.
Hace tres semanas morris empezó un tratamiento contra la tuberculosis. El gobierno provee las medicinas y lleva un estricto registro de las personas con dicha enfermedad. Necesita el tratamiento que dura ocho meses. No puede trabajar –obligatoriamente- los primeros dos meses por lo que la situación de su familia no se ve nada bien. Por el momento recibe su sueldo semanalmente pero no puede trabajar la tierra. Hoy sus hijos pueden comer. Ya después verá qué hacer.
Al parecer la tuberculosis ha disminuido su intensidad, pero no se ha hecho el examen de VIH. Al parecer no lo hará.
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Jaredy es un muchacho tranquilo. Mucho si me preguntan. Habla poco y con una voz muy débil. Es de lento caminar y tiene ojos profundos, de esos que esconden algo. Algo muy, muy profundo en su alma. Algo que ni siquiera él sabe o no lo quiere saber.
Este niño que tiene apenas 19 años llegó el miércoles por la noche, después de dos años de no haber pisado este suelo. Recuerda que en dónde nació, el lugar donde estaba su casa, hoy sólo queda un pedazo de pared roída hasta los cimientos. Recuerda el camino que siempre recorría para ir al lago a llenar las cubetas con agua para beber y cocinar. Pero hay también otras cosas que recuerda y preferiría no hacerlo.
Su padre murió de SIDA. Así de simple. De SIDA.
Su madre, infectada también, sufrió mucho los últimos días de su vida para darle algo de comer a su único hijo. No tenía tíos ni tías, ni abuelos ni abuelas. Al morir ella, Jaredy quedaría sólo, desamparado y sería un niño más de la calle, un niño sin escuela ni nada. Así de simple, sin nada.
Pero su madre no murió de SIDA. Y Jaredy lo recuerda bien.
Al morir ella, Jaredy se quedó sólo y sin nada junto al cuerpo de su madre, sólo David su amigo estaba junto a él. Entre los dos enterraron a la madre de Jaredy y él no lloró. No podía.
Los Luo, tribu de esta zona, se distribuyeron todo o lo poco que había en casa de jaredy. Esto es tuyo, esto es mío, gracias, adiós. Ellos así son, son sus costumbres y no le dejaron nada sino su soledad.
Vagó por un tiempo aquí y allá. Se fue a vivir a un monte cercano a masonga. Ahí había alguien que le conocía y le dio techo mas no alimento. Poco a poco perdió peso.
Una noche de lluvia tocó a la ventana de Sergio Pario. Estaba cubierto con una sábana y estaba famélico y deshidratado. Sergio le abrió la puerta y le dio un poco de sopa. Lo notó enfermo y lo llevó al dispensario médico a que lo atendieran. Nada por supuesto.
Varios días después regresó aun más débil. Entonces Sergio lo llevó al hospital, pero Jaredy no tenía dinero para quedarse. Alguien que trabajaba en el hospital lo reconoció y le dijo que no se preocupara, que no tendría que pagar un centavo, pero que era importante que se quedara para que lo revisaran. Tuberculosis, tifoidea, amibas, bilharzia y malaria fueron diagnosticadas ante la presencia del extranjero. No murió por muy poco... Después de algunos días salió del hospital y se fue de Masonga.
En Kenia trabajó por dos años. Trabajando en esto y aquello tuvo dinero para comer y ya. Pero no era su tierra ni si gente por lo que regresó a Masonga.
Fue este miércoles por la noche cuando llegó, como hacía varios años no lo hacía, a la ventana de Pario. Ahora no estaba enfermo, famélico ni deshidratado. Ha venido en pie, sin trastabillar ni desfallecer, pero con los mismos ojos negros con los que se fue.
Ha pedido trabajo y ha comenzado a trabajar inmediatamente el jueves por la mañana en la huerta. Y trabaja bien. Pero tiene los mismos ojos de recuerdo que con los que se fue.
El recuerda muchas cosas, aunque preferiría no hacerlo. Y recuerda que su madre no murió de SIDA.
La noticia de que su padre había muerto se corrió rápido y esto propició que algunos hombres vieran no con buenos ojos a su madre. Su madre al enviudar, trabajó en la tierra para poder cosechar algo y darle algo de comer, pero en esta tierra, no puedes ser viuda. Debes tener un hombre, de lo contrario, un hombre te tendrá.
Una noche de sábado, a la puerta de su casa donde dormía su madre enferma, alguien tocó. Es raro que alguien toque a tu puerta cuando vives entre conocidos y a esas horas todo el mundo duerme. Era un ebrio que había notado la viudez de la madre de Jaredy. Él, sintiéndose poseedor de un derecho supraterrenal para con ella, quería demostrarle a la mujer que no estaba sola, que él era hombre y que haría lo que los hombres hacen.
De lo que pasó a continuación nadie sabe los detalles, pero el pueblo entero escuchó la golpiza que el tipo le propinó a la mujer. Esa noche no pudo dormir pues le dolían hasta los huesos y al toser sangraba profusamente. Temprano por la mañana, al caminar hacia el dispensario, preocupada por el dolor y la sangre que brotaba de su cuerpo, cayó sin vida junto al camino.
Jaredy recuerda un rostro frío, inexpresivo, que lo miró a los ojos justo antes de darse la vuelta para salir por la puerta y alejarse de su casa caminando, no corriendo.
Este hombre que todavía hoy vive en masonga recibe comunión cada domingo y da su diezmo como buen cristiano. Todo mundo sabe quién es y qué hizo. Inclusive las autoridades y los párrocos lo saben. Pero nadie dice nada. Nadie hace nada. Fue otro caso más, de muchos más, de todos los que están en el olvido de la gente. Pero no todos lo han olvidado.
Al preguntarle a jaredy qué recuerda él dice que recuerda (aunque preferiría no hacerlo) el rostro de un hombre que todos los domingos recibe comunión y da su diezmo como buen cristiano y que ese rostro mató a su madre.
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Los hombres entre esta tribu (los LUO) son polígamos. Y las mujeres lo aceptan. Así es y así ha sido. A cambio de unas vacas un hombre puede hacerse de una mujer.
Mzee Marwa, el velador de la escuela por ejemplo, tiene 72 años y varias mujeres. Su más reciente (que no la última) esposa tiene 18 años y ha sido adquirida por algunas vacas y algunos chivos. Así son las cosas aquí y así han sido…
Un señor de por aquí, de esos que viven cerca de todo mundo, tuvo cinco esposas. La primera la adquirió cuando ambos eran todavía jóvenes. De la segunda a la quinta las adquirió en intervalos de cuatro o cinco años después de haber sido monógamo por diez. A la quinta esposa era todo un hombre hecho y derecho pues tenía el mínimo de mujeres para ser considerado de esa manera.
Un día, al comparar a sus cinco esposas, notó que una de ellas envejecía más que las demás. Era su primer esposa naturalmente. Hizo la cosa rápida y la corrió pues ya no quería saber nada más de ella. Ella desconsolada, lloró y pidió perdón. Lloró y pidió consuelo. Nada. Las otras cuatro mujeres le dieron la espalda y el hombre sólo se digno a golpearla para que se fuera. Y así lo hizo.
Se fue con sus hijos a una choza cercana desde donde cada día observaba al padre de sus hijos trabajar y atender a sus otras mujeres e hijos. Hasta que un día notó que ya no eran cuatro sino tres mujeres. Tal vez corrió a la segunda mujer, pero esta vez se ha quedado con los hijos. No es mal padre después de todo ha de haber pensado.
Tiempo después una mujer menos y nuevamente los hijos se quedaron con el padre. Los rumores empezaron a correr. La segunda y tercera mujeres habían muerto de una enfermedad relacionada al VIH o SIDA. El hombre tendría forzosamente el virus. Y así era. Las dos mujeres que quedaban y el hombre se sometieron a un examen de SIDA. Los tres resultados fueron positivos.
La primer mujer no lo pensó dos veces y fue al hospital a hacerse el examen. Después de 48 horas los resultados estaban listos. Ella, nerviosa, abrió el sobre donde en la hoja del resultado decía al principio de la hoja, en el encabezado, su nombre, edad y peso. En el pie de página estaban las firmas de los dos doctores autorizados que hacen este tipo de exámenes en este país. El sello del hospital faltaba, pero eso era lo de menos. En estos casos uno puede conseguir el sello fácilmente si se dirige a la farmacia del hospital o a la gerencia y discute la importancia de tener los sellos oficiales de dichos exámenes, que en estos casos pueden contener resultados sumamente importantes para la vida de una mujer viuda.
Entre las firmas y sus datos generales se encontraban los resultados. Eran negativos. Estaba salvada, no moriría de SIDA y sus hijos no quedarían desamparados.
Un morir lento para los tres que quedaban… una mujer menos… agonizar angustiante… ni una mujer más. Ya no le quedaban más mujeres al hombre éste. Sólo una ex esposa, a quién había corrido injustamente por haber envejecido. Era tiempo de pedir no sólo disculpas por la manera en que la trató, sino una segunda oportunidad. Después de todo, uno es hombre y hace lo que los hombres hacen.
El tipo este se dirigió con la primer esposa que sí, ya era demasiado vieja para esta tierra, tendría unos 40 o 45 años. Pidió disculpas y una nueva oportunidad para mostrarle cuánto la estimaba (no amaba, aquí los hombres no aman, estiman, el amor es cosa de niñas y los hombres son hombres, no payasos). Por supuesto el tipo fue mandado a la quinta chingada pues la mujer ya sabía que era portador del virus y no quería pasar por lo que millones de mujeres, hombres y niños pasan en África.
El tipo se sintió bastante triste, pues pasaría el resto de su vida solo. Y lo que él quería era únicamente un momento más con su “primer amor”, con su primer esposa, digo, para recordar buenos tiempos. Pinche vieja tan injusta se sabe que pensó.
Cuando la mujer fue corrida de su casa se volvió alcohólica para sobrellevar las penas. Alguien le dijo que el alcohol ahoga las penas. Yo creo que nadie le dijo que las penas saben nadar las hijas de la chingada. En fin. El hombre tomó esto a su ventaja.
Un buen día, llegó a la casa de su ex esposa para despedirse pues sentía que le faltaban pocos días y quería disculparse, a la manera africana, con carne y cerveza, de la manera en que la había tratado. El comer carne aquí es como para nosotros comer camarones lunares o caviar marciano. Es todo un acontecimiento social. Total. El tipo llegó con carne y cerveza para disculparse y despedirse. Comidita y cervecitas. Y más cervezas y más y muchas más. La mujer cayó en una peda inmensa digna del cervantino o del puente Guadalupe-reyes. Al despertar la mujer, con un crudonón de miedo se vio desnuda en su cama. Pensó que había perdido el conocimiento y que su ex marido la había llevado a la cama a que descansara. Y así fue pero no para que descansara. Al volverse hacia al otro lado, su sorpresa fue inmensa al ver a su ex marido junto a ella, también desnudo. Lo que tanto temió era cierto. En su borrachera su ex hombre la había tomado aprovechando su condición etílica contagiándola así del virus que la mataría lentamente.
Salió gritando a la calle, todavía desnuda. La gente la escuchó gritar y al ver salir al hombre supusieron lo que había pasado. Ella gritó y gritó que la había matado; en su lamento preguntaba por qué lo había hecho, que pensara en el futuro de sus hijos, que la había condenado. El hombre sólo tomó su sombrero y se fue a su casa con una sonrisa en los labios. Alguien me dijo que le escucharon diciendo: para que no se te olvide quién es tu esposo pendeja.
Él murió hace cerca de dos años.
Ella murió hace seis meses.
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Como soy el extranjero nuevo en Masonga, en algunas ocasiones paso como la novedad para los niños. Hay niños que inclusive sin haberme visto anteriormente saben cuál es mi nombre. Así no ha sido con Marcelino y el cachetes.
Todos los días por la tarde llegan a mi ventana desde donde los veo asomarse temerosamente. Los saludo y pellizco los cachetotes del cachetes. Platicamos un poquito en nuestro mocho swahili (ni ellos ni yo lo hablamos bien, pero nos entendemos) jugamos y nos reímos. Al cachetes lo he visto muchas veces jugar y correr. Lo he visto caerse y llorar. Lo he visto entristecerse cuando no le he dado algo que quiere pero invariablemente ríe un momento después.
Recuerdo cuando a Marcelino le hice un dibujo de él mismo, del cachetes y de mí en una hoja que estaba a punto de tirar. El cachetes por supuesto, me pidió otro dibujo. Le hice un dibujo que según mis estándares estéticos era mucho mejor que el primero: mejores trazos, mejores líneas, mejor dibujo para mí. Pero no para él.
El dibujo que le había hecho, sólo tenía al cachetes y a Marcelino. Faltaba el autorretrato. Fue con una carita de tristeza, con una nula sonrisa en su cara que me dijo que no estaba contento con su dibujo, pues bajo sus estándares, no para los míos, el dibujo estaba incompleto. Le dije que luego le hacía otro. No quedó contento con la respuesta, pues de su boca apenas salía un pequeño llanto ahogado, de esos que los niños apenas pueden contener entre labios temblorosos, mientras ahogaba su mirada en la “foto” y la sujetaba con ambas manos. Le arranqué el dibujo de las manos, no para destrozarlo del coraje ante la insolencia de un niño de cinco años, sino para completarlo. Lo senté en mis piernas y completé el dibujo teniendo al cachetes como testigo de ello.
Al terminar le extendí su dibujo, pésimo bajo mis estándares, pues mi barba no concordaba con sus dimensiones, mis piernas eran mucho más chuecas de lo que son y mis articulaciones mucho más sobresalientes. Él sin embargo sonrió al tener una “foto” de su propiedad mejor que la de su hermano. Es necesario mencionar que la de Marcelino no tenía cuerpos sino caras solamente.
Varias semanas pasaron en las que vi a Marcelino y al cachetes a diario, de lunes a domingo. Siempre a las 4 de la tarde escuchaba sus pasillos acercarse precavidamente hasta mi ventana. El cachetes siempre detrás de Marcelino, pues su hermano mayor le brindaba seguridad contra los monstruos que viven a esa edad en la mente de los niños en cualquier aldea del mundo. No fuera a salirle un monstruo al paso y entonces sí, qué haría él delante de su hermano mayor. No podría correr buscando refugio.
Pero sólo fueron varias semanas. 6 semanas. Ya no he visto al cachetes en cerca de un mes.
Cierta tarde me encontré a Marcelino caminando por la calle. Al verme me reconoció. Me saludo e hizo un ademán para que detuviera el auto en que me dirigía al lago. Claro que contra las indicaciones de vialidad del gobierno tanzano, que recomienda no recoger peatones en las carreteras y vías alternas o secundarias me detuve y lo invité a que subiera al auto. Al llegar a casa fue cuando le pregunté por qué él y el cachetes no habían venido. Al parecer mi swahili no significó eso por que me dijo que no sabía. Simplifiqué la conversación y le pregunté por el cachetes.
Me dijo que había ido a musoma con su madre. Él por el momento vivía con su abuela y dos primos. Su tía ya no está entre nosotros. Pero y el cachetes? Insistí. No sé cuándo llegue. Se fue con mi mamá a musoma, se limitó a responder.
Esa tarde platicamos, jugamos, cantamos, bailamos y vimos el llover tanzano. Marcelino se fue justo al término de la lluvia; No sé que lo inclinó a tomar esa decisión, pues a los 7 años no puedes tomar muchas decisiones, pero el hambre y el frío sí que te ayudan a clarificar la mente.
Fue cuando se alejaba caminando sobre sus pies descalzos entre los charcos que me he enterado de la historia del cachetes…
No se llama cachetes. Pero si le preguntas te dirá que se llama cachetes con una sonrisa de oreja a oreja. Vive con su madre y su hermano Marcelino; a sólo un minuto caminando de la casa de su abuela, a sólo dos minutos caminando del lugar donde puedes encontrar aquel rostro que jaredy recuerda (aunque preferiría no hacerlo). Su padre ya no vive con ellos pues los ha dejado.
No me malinterpreten. No los ha abandonado por otra familia o para emigrar a otro país. Los ha dejado en el sentido que ya no está con ellos, ni en la memoria. El murió cuando Marcelino y el cachetes eran aún muy, muy jóvenes. Inclusive antes de que nacieran o murieran.
Su madre no se ha ido. No los ha dejado pues es fuerte y lucha por ellos. Ella es lo que se conoce como “buena esposa”: sabiendo que el marido estaba enfermo ella estaría con él. Podrían llamarla “la flaca”, como aquí llaman a las personas que viven en ésta circunstancia, pero no la llamarían mala esposa. Por que como mujer, una es mujer y hace lo que las mujeres hacen con los hombres, que hacen lo que los hombres hacen. Y nadie la ha llamado mala esposa pues estuvo con él desde el principio hasta el fin.
Al leer los resultados de laboratorio provenientes del hospital de distrito (con o sin sellos no lo sé) ella estuvo junto a él, del lado derecho. Durante el embarazo de Marcelino, ellos no se separaron. Mano a mano dieron a luz a su primer hijo. Durante su agonía, ella tomó su mano para que tocara su vientre materno y conociera antes de morir al que sería su segundo hijo: el cachetes.
El cachetes es un niño muy alegre. Le gusta que le des dibujos mejores que los de su hermano. Le encanta que lo tome de los brazos y le de vueltas y vueltas hasta que al ponerlo nuevamente al suelo caiga víctima del mareo y le gustan mucho los mangos y las naranjas.
El cachetes es un niño muy alegre, pero tiene unos ojillos grandes y trasparentes que lo delatan… extraña a su padre y aunque no lo sabe, lo sabe.
El cachetes es un niño que quiere mucho a su familia que es muy unida. Y aunque su padre ha muerto, su madre, su hermano y él no se han separado nunca.
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Éstas son sólo algunas historias de las que me he enterado. Hoy es otro día y se las pude platicar.
Memo. Junto a la BBC de Londres en un radio de onda corta. Cuentas claras amistades largasCUENTAS CLARAS…
En Guadalajara mi sueldo ascendía a once mil setecientos cuarenta y ocho pesos al mes (centavos más centavos menos). El equivalente a unos 980 – 1000 dólares al mes dependiendo del tipo de cambio. No era un salario de escándalo ni de miseria; de hecho me bastaba para cubrir las necesidades propias de un adolescente en un cuerpo de 28 años. Tenía lana suficiente para comprarme un carrillo modesto, para comprarme una laptop, que hoy valoro bastante, un ipod, que ha hecho mi estancia en África totalmente diferente y pasable, conciertos, de repente darme el lujo de picharle a la banda unos tragos en la mutua, de repente comprarle algún detallito a mi carnal, etc.
Una vez, recuerdo bien, no tenía un electrodoméstico de vital importancia –léase DVD- para sobrevivir un domingo tremendamente aburrido y le dije a mi carnal, pásame la cartera, ponte tenis y vámonos. Nada más me dijo: ahora qué se te ocurrió. Me lancé a comprar un DVD con mi carnal a Fabricas de Francia, tarjetazo claro. Vimos dos súper churros gringos ese domingo.
Ir de Shoping a los Estados Unidos siempre me fue criticado. No lo hacía por fresa. Lo hacía por ahorrador. Al comprar ropa para todo el año y otros artículos que en México cuestan un ojo de la cara el viaje para ver a mi hermana me salía gratis con todo lo que ahorraba.
La pasaba bien. Muy bien. Tenía cosas que muchas personas no pueden darse el lujo de comprar o que para hacerlo, deben ahorrar un buen de tiempo y hacer bastantes sacrificios.
Sin embargo después de varios tarjetazos, de compras de pánico ante la amenaza nuclear que representa Libia y el nuevo pacto nuclear entre los Estados Unidos y la India, compras en Sears, ahorros mensuales, gastos del carro etc. las cuentas no siempre me salían. Nunca tenía crédito en mi celular, a veces no salíamos por falta de lana, de repente el borre nos pagaba las pedas pues todos andábamos súper quebrados, el chava financiaba los cigarros y yo me tumbaba un seis, un encendedor y una bolsa de hielo de la tienda para armar la fiesta. La botana siempre la ponían entre el borre y el pelu, con su cocota de dos litros y el beso de la muerte.
Así la pasaba. Sobrevivía.
Ahora veamos cómo andan las cosas por acá.
Aquí en Tanzania mi sueldo asciende a cincuenta mil shillings. Más o menos 47 dólares al mes. Sobra decir que mi sueldo es casi ejecutivo para los estándares locales. El gobierno Tanzano, que es donde la mayoría de la gente quiere trabajar pues es de lo mejor pagado aquí, paga alrededor de 80 dólares en muy buenos puestos. Total…
Hagamos cuentas…
Porcentaje del precio de algunos artículos en relación a mi sueldo en México:
Artículo Precio en Pesos Porcentaje
Cartón de Cerveza Corona $ 120 1.02145046 Torta ahogada $ 18 0.153217569 Cerveza Corona $ 6 0.051072523 Cajetilla de Camel $ 18 0.153217569 Pasta dental Colgate $ 23 0.195778005 Shampoo Pantene. 500 ml. $ 38 0.323459312 Cuenta en la Mutua(estimado por visita) $ 250 2.128021791 Tanque de Gasolina $ 390 3.31971394 Comida en el mercado de abastos $ 40 0.340483487 Comida en el mercado del mar (chelas incluidas) $ 80 0.680966973 Fin de semana en Sayulita (gas, chelas, camping, etc.) $ 1,200 10.2145046 Servicio de internet por cable (mensual) $ 250 2.128021791 Mensaje MSM celular $ 1 0.008512087 Minuto a celular (número frecuente TELCEL) $ 1 0.008512087 Tacos de Gomera con mi carnal $ 50 0.425604358 Mariscos en ALEX con mi carnal $ 150 1.276813075 Peda Barú (por cabeza, menos el borre, él pone de a 20) $ 100 0.851208716 Peda en cualquier bule de la calzada para allá (sexy incluido) $ 0 0 Salidas al Van Go/Bosé $ 0 0 Cover en Miércoles de Barra libre $ 0 0 Salidas a cantinas de mala reputación (est. mensual) $ 1,000 8.512087164 Boleto de avión GDL-DFW-GDL para visitar a mi hermana Y hacer shoping $ 5,600 47.66768812
Porcentaje del precio de algunos artículos en relación a mi sueldo en Tanzania:
1 peso = 100 shillings.
Artículo Precio en Shillings Porcentaje
Cartón de Cerveza Kilimanjaro $ 17,000 34 Cajetilla de Sportsman $ 650 1.3 Pasta dental Colgate $ 1,800 3.6 Shampoo Pantene. 500 ml. $ 4,800 9.6 Cuenta en el Tilapia Hotel en Mwanza (3 chelas) $ 7,500 15 Tanque de Gasolina $ 65,000 130 Comida en el Mara Dishes, fritangas $ 2,500 5 Comida en Restaurant de comida china. Mwanza $ 20,000 40 Fin de semana en el Serengueti (hospedaje, comida, gas, etc.) $ 260,000 520 Servicio de internet por cable (mensual) $ 65,000 130 Mensaje MSM celular $ 52 0.104 Minuto a celular (CELTEL) $ 200 0.4 Peda en el Península Hotel con Flaget y Jim $ 65,000 130 Cover frente al Península Hotel $ 500 1 Salidas a cantinas de ínfima reputación $ 0 0 Boleto de avión NBI-LHT-DFW-LHT-NBI para visitar a mi hermana y hacer shoping $ 2’455,200 4,910.4
Comparación México/Tanzania
Artículo % en México % en Tanzania
Cartón de cerveza 1.02145046 34 Cajetilla de cigarros 0.153217569 1.3 Pasta dental Colgate 0.195778005 3.6 Shampoo Pantene. 500 ml. 0.323459312 9.6 Cuenta por unas chelas 2.128021791 15 Tanque de Gasolina 3.319713994 130 Fritangas 0.340483487 5 Mariscos 0.680966973 40 Fin de semana en Sayulita-Serengueti 10.2145046 520 Servicio de internet por cable (mensual) 2.128021791 130 Mensaje MSM celular 0.008512087 0.104 Minuto a celular 0.008512087 0.4 Salidas a Cantinas de mala reputación 8.512087164 0 Enfiestarme .851208716 130 Cover en Antro 0 1 Boleto de Avión a DFW pal shoping 47.66768812 4,910.4
Estas cuentas no van para que sientan lástima y digan: “ah pobre memo, se lo está llevando la chingada”. No. Van para que la próxima vez que alguien hable de inflación, de macro o micro economía, de los gringos, de la post modernidad, de los logros de la revolución o de los sindicatos, de las políticas económicas del estado mexicano, de las desigualdades entre ricos y pobres puedan mentar madres a gusto o simplemente para cuando quieran apantallar a alguien con un poco de cultura general hablen de o usen estos números.
Tenemos muchas comodidades a las que -aquí no sólo no las imaginan, no las entienden, o viceversa- podemos acceder a ellas con un poco, muy poco, de esfuerzo. Acá las cosas simplemente no se pueden comprar.
Ejemplo rápido. Mis alumnos vieron mi memory stick y me preguntaron que qué era. Les dije que era un cigarro electrónico que no producía cáncer y que mejoraba el aliento de los fumadores. Por supuesto puse una cara de “no me crean, me los estoy cotorreando, son puras mamadas mías” Claro que me preguntaron: y cómo lo prendes?
Otro ejemplo: Al verme manejando la camioneta de los hermanos, una alumna, Neema, me preguntó que si en México la gente manejaba mucho, le respondí que sí. Me preguntó acerca de las mujeres manejando -y aunque es un tema bastante polémico y me encantaría echarle leña al fuego, no daré pauta para polemizar- le respondí que también lo hacían (¿). Y las dejan sus esposos? Qué les dice la gente a las mujeres que manejan? Me preguntó. Ya se imaginarán por dónde fue la plática, que no es el tema de hoy.
La concepción de pobreza para los occidentales viene de lo que vemos, no más. Claro que es así y así debe ser. No culpo a nadie por no darse cuenta de lo que pasa en el mundo. Pero deberíamos interesarnos un poquito más por lo que pasa afuera de nuestra casa, afuera del rancho gigante con semáforos y bicicletas -conocido como Guadalajara- en el que vivimos.
Siempre hemos visto reportajes, artículos de la pobreza en el mundo y ya. Mucha veces nos comparamos (sí, nosotros los pobres mexicanos) con otras naciones pobres en el mundo. Pero nunca tenemos parámetros reales para hacer dichas comparaciones, no tenemos herramientas para darle una dimensión tangible a lo que vemos en las noticias. Simplemente decimos, no pos sí están jodidos pero también nosotros estamos jodidos.
Antes de venir varias personas me preguntaron que por qué África y no México siendo el caso que en México también hay millones de pobres. Respondía generalmente por que la oportunidad en México no incluía salir del país y que estaba bastante “cercas” (extraño esta expresión sumamente tapatía). Respondía así pues la verdad me daba hueva explicar cómo se dio esto de venir para acá.
Hoy respondo: por que la oportunidad en México no incluía salir del país; por que estaba bastante cerca y por que no sólo soy mexicano, sino que soy humano (ciudadano global pues) y existen otros güeyes más chingados que nosotros aunque nos neguemos a creerlo o a asimilarlo y por que existen otros lugares donde pueda ayudar, poner mi grano de arena (perdón por usar una de las frases más trilladas del mundo, pero pues no se me da mucho eso de la inspiración poética cuando escribo) y por que acá aprenderé cosas que no podría aprender en Guanatos o en México (así como allá hay cosas que no se aprenden acá, cosas que no pasan acá: las bodas de mis mejores amigos, la boda de mi carnal Esaú, el cumpleaños 18 y 21 de mi carnal Pablo, que mi carnal chava deje de pistear y no esté ahí para tirarle carrilla, etc) y que me ayudarán a llevar tatuada en el alma las lecciones uno y dos; a asimilar la lección tres, etc. Por que puta madre, aquí en África las cosas están peor que en la tele, lo sabía y tenía que ser testigo de ello y hacer algo al respecto.
No soy reportero de televisa, ni de la BBC, ni de MSNBC. Soy simplemente un güey que está en África, trabajando con cabrones que sobreviven con alrededor de cien pesos a la semana (por familia) y aquí estoy, escribiéndole a mis amigos.
Desconozco los costos actuales de muchos de los artículos aquí mencionados, por lo que esto que lees carece de un valor estadístico. Son sólo números. Haz con ellos lo que quieras.
Memo. En la villa de la esperanza. Masonga Secondary School. P.O. Box 29. Shirati, Tarime. Tanzania. África del Este.
TestTú ya sabes qué hacer. Contesta las siguientes preguntas y ya…
1. – Cuando al salir de tu casa ves una gallina piensas… a) que el barzón ya invadió tu colonia pues el gobierno no atendió su pliego petitorio. b) pinches pollos, cómo le harán para sobrevivir. c) que uno de tus vecinos te está haciendo mal de ojo.
2. – Cuando te bañas… a) esperas que salga agua caliente mientras te desvistes. b) esperas que esta vez el agua no salga muy fría. c) un pinche mzungu te toma fotos pues el que te bañes en el lago es muy chick.
3. – Cuando se poncha la llanta de tu bicicleta… a) no puedes ir a la ruta Vallarta, antes de bares, hoy para hacer ejercicio. b) no tengo bici, manejo una toyota a Diesel. c) llegas tarde a la escuela y caminas cerca de cinco kilómetros para arreglarla.
4. – Cuando el tema de la conversación es el SIDA… a) hablas de los pobres del mundo que han de tener esa enfermedad, que es bien gachita. b) le preguntas al que está enfrente cuántos de sus familiares han muerto de SIDA. c) te acuerdas de tus jefes o de tus carnales.
5. – El que llueva a cántaros representa para ti… a) un terrible caos vial en donde te encuentres. b) una oportunidad para tomar buenas fotos de niños tomando agua de los charcos. c) un peligro no sólo para tu cosecha, sino para tu casa en sí.
6. – Cuando en un restaurant ves el equivalente a un dólar en el platito de la propela piensas que… a) después de todo, el servicio no estuvo tan bueno. b) después de todo, el servicio no estuvo tan bueno. c) ya la hiciste, que te dejaron el equivalente a medio día de sueldo y el servicio no estuvo tan bueno.
7. – Cuando ves una serpiente… a) ay guácala, le cambias de canal, para qué pasarán programas de esos en la tele. b) te haces para atrás, te aseguras que esté muerta y la acomodas pa la foto pa los cuates. c) después de pensar que es una enviada directa del demonio, la matas y te aseguras que ninguno de tus hijos haya sido mordido por ella.
8. – Cuando le pones crédito al celular… (doble opción) a) te pones de acuerdo con los cuates dónde va a ser la siguiente pachanga/tu plan es de contrato. b) cuándo chingados le pongo crédito al celular?/le mandas mensajes a tu carnal aunque no los reciba c) al qué?/ es navidad.
9. – Ir al lago significa… a) ir a Chapala de reventón, a ver quién y cómo maneja de regreso. b) cagarte de risa mientras los niños gritan y corren delante de la camioneta para que no los atropelles cuando bajas al lago a checar los molinos de viento. c) ir a sacar agua para beber, comer y venderla para comer y beber.
10. – Comes hamburguesas con mucha catsup… a) rara vez, prefieres comer pollo o ensaladas o tortas ahogadas o tacos o…. b) al desayuno, comida y cena por dos días. Estas en la civilización y no todos los días tienes tanta catsup ni hamburguesas. c) nunca. Como esa masa insípida e incolora llamada ugali con charales.
11. – Cuando al despertarte ves un mosquito de esos gordos, llenos de sangre piensas que… a) ojalá no te hayan picado muchos. b) ya te llevó la chingada y te va a dar malaria. Preguntas todos los síntomas por milésima vez. c) ojalá no te hayan picado muchos.
12. – El que vengan visitas a tu casa representa para ti… a) un muy buen desmadre. Total, no todos los días tienes visitas, eso merece unas chelas. b) ojalá traigan tequila y unos camel. Me llevan al serengeti con ustedes? c) matar al único chivo que tienes para que se lo coman.
13. – Cuando hablas al extranjero… a) haces reservaciones de avión, hotel y demás. b) te gastas 3 dólares al minuto y para colmo no entra la llamada. c) pides asilo en un campo de refugiados.
14. – Cuando en una oficina ves colgado un banderín del América piensas… a) que el de la oficina es igual de naco que Cuauhtemoc Blanco. b) que ojala le esté yendo bien a las águilas. Ah, qué rico era pistear en el estadio. c) que es la bandera mexicana.
15. – Cuando ves un retén policiaco… a) sabes que la policía te puede extorsionar. b) sabes que la policía te puede extorsionar. c) sabes que la policía te puede extorsionar.
16. – Cuando en un hospital una enfermera te pregunta si quieres una jeringa nueva o usada… a) piensas que estás en cámara escondida o en un programilla de esos de bromas. b) le das la jeringa nueva que llevas contigo, para evitar cualquier caso de jeringa nueva por usada. c) pides la usada, es más barata que la nueva. Además ya la hirvieron, o no?
17. – Cuando alguien habla de la última boda… a) dices que estuvo poca madre, todo mundo se empedó b) lees que estuvo poca madre, todo mundo se empedó. c) preguntas cuántas vacas pagaron por la vieja esa, por la que tú sólo pagarías 2 o 3 vacas.
18. – Cuando alguien te dice “pásame a tu hermana” tú respondes… (doble opción) a) chinga tu madre!!!!/no está, háblale al rato. b) chinga tu madre!!!!/chinga tu madre!!!! c) simón cuña’o dame seis vacas/simón cuña’o dame tres vacas y seis chivos.
19. – Cuando vas en un carro, gritas hacia afuera… a) muévete pendejo, llevo prisa. b) quita tus pinches vacas del camino o te atropello una hijo de la chingada. c) Adiós!!!!
20. – Cuando recibes correo… a) o es el recibo del cable o los estados de cuenta de las tarjetas o alguna pendejada así. b) ya pasaron dos meses desde que te lo enviaron. c) es tu familia mandándote saludos y preguntándote cómo van las cosas, quién se ha muerto o qué?
21. – El tomarte una botella de whisky te representa… a) una peda riquísima y una cruda inversamente proporcional. b) dos semanas y poco a poco. El lugar más cercano para conseguirlo está a 5 horas de aquí. c) no darle de comer a tu familia en dos meses.
22. – Cuando alguien se asoma por tu ventana… a) le hablas a la policía. b) asustas a los niños pa que no estén chingando. c) no mames, no tengo ventanas en mi casa.
23. – Comes ensalada por que… a) estás a dieta. b) las lechugas del jardín no tienen fertilizantes artificiales y saben poca madre. c) estás de visita en casa de un extranjero exótico.
24. – Comes pizza por que… a) no tuviste tiempo para preparar nada o por que es domingo o por que ves una película o… b) estás aprendiendo a prepararla a la manera italiana y por que el queso no va a durar mucho sin refri. c) estás de visita en casa de un extranjero exótico.
25. – Cuando no te gusta la comida que hay en la escuela a la que vas… (doble opción) a) como eres bulímico(a) vas a vomitar de todos modos al baño, no vaya a ser que el oler esa comida grasienta te engorde/vas a la tienda o a otra “cafe” y te chingas un gansito con un jugo de la sello rojo o unos molletes o algo pa’ pasarla. b) te aguantas el hambre, al cabo nunca comes en la escuela/fumas como loco. La nicotina suprime el hambre, aunque sea por poco tiempo. c) te organizas con los otros mil alumnos que van a esa escuela y quemas la escuela/ te organizas con los otros mil alumnos que van a esa escuela y quemas la escuela.
26. – Lo primero que piensas acerca de la fiebre de los pollos es… a) que ojalá no llegue a México o que no te contagies. Prefieres comer carne, al cabo ya nadie habla de las vacas locas. b) que es una mamada de los gringos. Van como 200 muertos en tres años y deberían hablar del SIDA y huérfanos en África u otros problemas más cabrones. Qué pasó con el SARS? Dónde están las armas de destrucción masiva, que chingue a su madre Bush. A ver qué hacen los pinches gringos sin mojados, a ver cuánto tiempo aguanta su economía sin mojarras. Pinches gringos, por que no levantan un embargo contra China o Corea del norte que también son regímenes comunistas y totalitarios como Cuba, por que nada más contra Cuba, a ver, a ver, a ver? c) no sé de qué hablas, pero los pollos y los patos que tengo afuera de la casa, los puedo preparar en un muy buen caldo, pero sólo si viene visita.
Respuestas:
No hay resultados ni características especiales por ninguna respuesta. Esta es una manera diferente y muy simple de platicarte algo. Tú saca las conclusiones de lo que te quiero decir.
Memo.
Acá y allá.
April 10 Ampollas en las manosViernes.
Cuatro de la tarde, 24 grados centígrados.
Día soleado de esos que te gustan.
Silencio total. Total.
Trabajas bajo el sol. Solo.
No hay nadie a por lo menos 100 metros de ti, de eso estás seguro. Tienes tu ipod y te sumerges en tus pensamientos. Trabajas en algo que nunca antes, nunca jamás, has hecho. Los músculos de tus falanges resienten el arduo trabajar, pero el sudor ya corre imparable por tu frente y no lo puedes detener.
Por momentos ni siquiera tu sombra te hace compañía, pues se esconde bajo los nuevos frescos brotes de césped.
Tus hombros ni siquiera se dan cuenta del trabajo. La espalda baja, húmeda por el sudor, siente el fresco aire de la tarde. Algunos mechones de cabello bajan por tu frente, otros lo hacen cerca de tus oídos. Codos, rodillas, ojos, párpados e inclusive los labios rebosan de sudor, de algas, de ganas de zozobrar en la sombra de aquel naranjo que se ve detrás del techo de paja en aquella casa de adobe.
Y no pasa nada, nadie, nada.
Por un momento te escuchas a ti mismo y no escuchas nada. Estás en un limbo acústico, visual, sensitivo, olfativo, gustativo.
El continuo y repetitivo movimiento pendular de tu cuerpo que va de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha otra vez, y una vez más y una más y otra vez, hipnotiza tus pensamientos que ya no se encuentran en el lugar en el que estás parado, sino a miles y miles de kilómetros y años de ti.
Piensas en lo que fue, en lo que no fue, en lo que es y en lo que no es, en lo que será y en lo que no será.
Tus ideas te abandonan nuevamente. Sólo para dirigirse a lo que se dice y lo que se escucha, pero primordialmente a lo que no se dice y lo que no es dicho y a lo que no se escucha y no es escuchado. A lo que no es visto, a lo que no existe, a lo que ni en tu mente es no ya posible sino no infinito.
Piensas en los diálogos que escuchaste y lo que se dijo, pero primariamente en el cómo lo escuchaste, cómo lo has modificado y hoy todavía te abruma, inclusive después de tantos y tantos años, después de tantas y tantas lluvias, de incontables bostezos, de inconmensurables segundos en esos silencios incómodos.
Sueñas, viajas, comes, cagas, coges y duermes. Bostezas, lloras, pegas, eructas y te sirves un vaso de agua. Manejas, mientas madres, compras, vendes, gastas y estornudas. Ves mas no observas, oyes pero no escuchas, pruebas aunque no gustas, tocas sin embargo no sientes, olfateas lejos de oler.
Nada dentro de ti es ya más real que la sangre que corre por tus arterias. De hecho, si en este momento te arrancaran la cabeza súbitamente, aun podrías caminar por un buen trecho antes de darte cuenta que los huesos que cubren tu cerebro estarían fracturados y lejos de su cuello.
Ya ni el saludo de tu sombra te resulta familiar. Has entrado en el mundo de los vigías. Monstruos que sueñan con los ojos abiertos, con el alma fuera de ellos, lejos y ajenos a ellos. Tres diferentes monstruitos te saludan para darte la bienvenida a su mundo. Aunque no los entiendes, sabes que te han estado observando y te reconocen como uno de ellos, es por eso que no han intentado sacarte las vísceras y comerte vivo. Es entonces cuando te das cuenta nuevamente de tu cuerpo.
Eres carne y huesos. Respiras, sientes hambre y calor. Necesitas desesperadamente ir a mear. Tu cigarrillo termina de consumirse en tus falanges de una manera dolorosa.
Has vuelto a ti y sientes tus manos. Las herramientas novísimas del hombre civilizado. No más sueños guajiros. No más alucinaciones de lo que fue y lo que no será, de lo que no es y lo que es, de lo que dijiste, pudiste decir o no quisiste decir.
Caes a la superficie mientras tu mente y alma regresan dubitativamente detrás de tus ojos, que es donde corresponden.
Tu cuerpo espera nuevas instrucciones en cuanto al siguiente paso a seguir. Tu cerebro te pregunta cómo debe proceder.
Sólo atinas a mirarte las manos en busca de una respuesta.
Y tienes ampollas en las manos.
Viernes.
Seis de la tarde. 24 grados centígrados.
En Guadalajara fue...Manejas por plaza del sol a las dos de la tarde, después de una corta llovizna, te quejas del endemoniado tráfico de la zona, de las obras públicas en avenida las Rosas, en la glorieta Colón, etc. Media hora después de un tráfico infernal, llegas a casa y no hay muchas opciones culinarias para satisfacer tu hambre de oficina, de taller, de chamba o de escuela. Abres el refri y sólo queda una rebanada, una, ya descolorida de la pizza del domingo. No es suficiente; no hay nada. Necesitas (u ocupas si eres tapatío) cocinar algo y rápido. Tu estómago te pide a gruñidos que prepares algo, lo que sea. Optas por prepararte una sopa maruchan, una sopa instantánea de fideos knorr, o recalentar el pedazo de pizza, comerlo y después, ya con la lombriz calmada, hacer algo más ad hoc para la ocasión.
Viernes de quincena. Tienes suficiente lana en la cartera o bolso para sobrevivir una catástrofe mundial pero… no es el dinero el problema. Tienes que ir al banco a depositar una lana, a cambiar un cheque o a preguntar la hora. Infierno dantesco. No sólo tienes que ir al banco sino al BBV. El peor banco de guanatos. Puta, el estacionamiento en sí representa una pesadilla digna de Stephen King. Ni modo, te subes al carro con o sin aire acondicionado y te diriges al banco. Chingada madre, por que no fui ayer, o anteayer (según el corrector ortográfico de mi laptop, antier digo yo) o el lunes como lo había escrito en mi agenda. Ni modo.
Domingo, seis de la tarde. Tomas el cafecito, el té, una nieve o algo así (yo me estaría chingando unas chelas viendo acción, nunca “deportV”) con tu novio, novia, esposo, esposa o pareja en cuestión, no sabes cuál de todas las opciones ofrecidas por cinépolis vale la pena y ni siquiera sabes si vale la pena ir al cine a ver un churrazo, CHURRAZO, hollywoodesco. Pero en fin, ya lo habías prometido y quieres evitarle un pancho que durará, seguramente, una semana como mínimo. Optas por la que dura menos o la que se ve menos “pior”. Te lleva la chingada. El estacionamiento está hasta la madre, ves al acercarte al centro comercial que la plaza o el cine está lleno no sólo de parejas nuevas, igual de cursis que tú y tu acompañante, sino de niños cuya ración de azúcar ha sobrepasado la dosis diaria recomendada por la Asociación Nacional de Pediatras y Curaniños. El cine ya lo sabes, será un relajo. Las palomitas y la inmensa cola que el comprarlas representa, los refrescos sin gas y con poco hielo, los chocolatitos, los pinches ponpons (hola Vale, todavía te encantan? un besote) que suenan a sonaja y no a golosinas harán de tu estancia en el cine una calamidad. A media película te acuerdas de lo que tienes que hacer en la semana, vas al baño y al regresar ya pasó lo chido de la película. Valió la pena el cine, te evitaste un pancho y pudiste arreglar tu agenda mientras los buenos mataban a los malos, pero al salir, ya sabes, la cola para salir del lugar, no traes cambio y el de la cabina tiene que ir a cambiar el billete de 500 o de mil (que todavía no he visto por cierto, espero que cuando llegue todavía valgan mil y no 100 o 10 pesos) y los de atrás te pitan como locos (o esto le pasa al de adelante, la ley de Murphy no falla). Por fin sales del cine y la manejada de hueva. Llegas a casa, quieres dormir pero prendes la tele para enterarte de quién fue el expulsado de Big Brother o de la Academia (según lo naco que seas, pero a fin de cuentas naco por ver esos programas). Duermes más o menos, despiertas y es lunes, puta madre, lunes. Todos odiamos los lunes. Ya queremos que sea viernes y todavía no llegamos ni a chambear.
Estas en tu chamba o en tu casa y es cumpleaños de un amigo. A nuestra edad ya no somos tan reventados como el pelu que celebra sus cumpleaños invariablemente el día de su cumpleaños como lo manda la tradición etílica de barú -no como los niños, orientados o victimizados por los padres, dos o tres semanas después del mero día- por lo que tenemos que hacer la llamada social o visita social para ver cuándo va a ser la pachanga. Tenemos que pensar en el regalito, en el detalle, qué hueva la verdad. Una tarjeta en farmacias Guadalajara o en la papelería de la esquina será suficiente. Pero gracias al siglo XXI no haces ni una ni la otra. Mandas un mensaje MSN por telcel (seamos realistas, quién en su sano juicio usa movistar o iusacell, nadie). Te has salvado de no ser invitado a la pachanga que será un fin de semana de estos. Vuelves a la rutina de evadirte de la realidad tras un monitor de computadora y borras todos los mails de importancia o simplemente no los lees y te dedicas a releer los mensajes en cadena que tanto odias, pero que tanto mandas y buscas y buscas chistes o más mails en cadena para demostrarle a tus amigos que piensas en ellos mientras esperas que termine tu día para irte a tu casa a tirar la hueva viendo la tele mientras acumulas energía para al día siguiente hacer exactamente lo mismo, sólo que sin que sea le cumpleaños de un amigo. Los mails seguirán siendo parte de tu día.
Manejas por Lázaro Cárdenas a 90 o 100, evades los carros de los viejitos esos que van por el carril de alta velocidad. Estos güeyes no pagan ni tenencia y se les ocurre ponerse en frente, chingado, decides rebasar por el carril derecho y exactamente al pasarlo y decir, ah que güey está! te das cuenta que iba despacio por que un támaro manejaba al centro de la avenida, nomás oyes el “oríllese a la orilla” mientras tu mente regresa a la mesita que está exactamente junto a la puerta de tu casa donde casualmente has dejado tu cartera o bolso con tu licencia de manejar en ella. Ah qué pendejo. Ni modo, a ver de a cuánto me sale.
Vamos a Chapala? Simón. Carnita asada, chelitas, paseo con los cuates, a gusto. Pero y de regreso? Las curvas de Chapala, no mames ca’, de súper hueva; el libramiento, el acercarse al tapatío, puta, que pinche trafical, ah, pero quería salir de paseo. Ni modo, y mañana es lunes, ni modo, te cansaste más en la manejada que en todo el fin de semana. Tardarás por lo menos dos o tres días en alivianarte del paseito a Chapala.
Jueves, viernes y sábado santo. Ni un alma en Guadalajara. Todo mundo en Manza, en Vallarta o en Sayulita. Y tú dónde estás? En Manza, en Vallarta o en sayulita. El regreso, ya lo sabes: el peor caos vial en la historia sobre todo por que el gobierno del estado decidió con su inmensa sabiduría, reiniciar algunas obras justo una semana antes, por lo que el camino se convierte en un calvario: las casetas, las constantes paradas a firmar, el único trailer del camino y justo en plan de barrancas donde no puedes rebasar y justo en las curvas más perras, alguien quiere desesperadamente ir al baño. De pura casualidad checas el tanque de gasolina y sí, tienes suficiente gasolina para aguantar otro ratillo, levantas la vista y el tráfico sigue y sigue y sigue.
No saliste en esos días? Te quedaste en Guadalajara por la chamba? Date un tiro. La semana más aburrida de la historia. Necesitas arreglar o limpiar tu casa o habitación. Jajaja. Te toma tres días o más terminar. Al reiniciar tu rutina, descubres que todo mundo o ha salido o ha hecho lo más interesante que les ha pasado hasta el momento. Tú respondes que tuviste un largo fin de semana para descansar que ya necesitabas y que además estás ahorrando para un viaje mucho más perro y más largo en junio o julio. Ahaa. Algún día, te dices a ti mismo, será otro el que se quede y yo tendré la aventura más perra de mi vida en una semana santa y se lo restregaré en su cara.
Visita al dentista. Tienes una muela picada y sabes que el proceso será doloroso. Ya oyes el patinar de la maquinita esa de la muerte. Prrrrrrrrrrrriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiissssssssssssssssssssddddddddttttttiiiiiiiiiirrrrrrrrr o algo así. La anestesia tarda un poco en hacer efecto, pero al hacerlo ya el doctor está en la tercer cavidad. Estás todo anestesiado y te pide que escupas. Jajajaja. Si pudieras lo escupirías en la cara pero no lo haces pues te recomendará que cambies de cepillo dental cada tres o cuatro meses (no recuerdo cada cuánto) y sabes que lo hace para mantener tu cordura mental. Intentas escupir y sólo logras babearte la camisa minetras un hilo de baba inmenso cuelga de tus labios y ni siquiera te das cuenta hasta que el dentista te da un kleenex y desvía la mirada de tus babeantes labios. El sabor salado de la plasta y de los ingredientes que usa te dura hasta la noche. Tienes las encías inflamadas y no puedes disfrutar del pedacito de pastel de fresa (o de chocolate o de lo que sea) que te encanta, prefieres irte a dormir, mañana, lo primero que harás será chingarte el pedacito de pastel con un vaso de leche. A la mañana siguiente, el pedacito de pastel ya está más duro que una piedra y la leche ya está echada a perder. Ah pinche dentista, por que no puse la cita para el jueves. Te quedas con el antojo. Pero en la tarde, después del trabajo vas a ir a comprarte un pastel, no una rebanada, un pastel completo para saciar ese antojo. Por supuesto en la tarde, ya no tienes antojo y ni siquiera piensas en pasteles.
Salida a un restaurant. Comida en domingo por la tarde. Media hora en la lista de espera. Mientras te atienden revisas el menú. Muy buenas opciones la verdad. Muy buena elección haber escogido este restaurant, aunque en el Ocio lo recomiendan con reservas pues los precios son un poco altos. El servicio no es muy lento, pero sí toma su tiempo. Ya llevas tres vasos de agua, tres refrescos o tres chelas y apenas traen tu platillo y el de tu o tus acompañantes. Plática amena, buena comida, muy buenos postres aunque sólo los ves pues ya has comido demasiado y apenas estás poniéndote al corriente con tus propósitos de año nuevo. La cuenta la dividen entre tu y tus acompañantes. Discuten un poco en cuanto a la propina, no se quieren ver muy codos ni muy espléndidos. Claro, somos tapatíos y así es siempre con las propinas. Al final dejan una cantidad -que el mesero ve con ojos de mmmhh, ni por el súper servicio que les di al momento de agradecerles el haber venido y los invita nuevamente a que visiten el lugar- que consideran suficiente y justa. Sales del restaurant y recuerdas que dejaste los lentes en la mesa, regresas en chinga y el mesero ya se los estaba embolsando cuando le dices, oye, dejé mis lentes aquí en la mesa. Te ve con cara de chin, no me los quedé mientras te dice, ah sí, aquí los estaba guardando al meter su mano al mandil. Te los extiende con una sonrisa. Gracias y sales del restaurant. Son cincuenta pesos del valet parking. Un poco caro pero no quieres discutir. Los pagas y te vas. Mientras te subes al carro, acción que dura menos de un segundo, analizas cada centímetro cuadrado esperando ver un desorden en caso de que los del valet se hayan robado algo. No ves nada por lo que presumes que no se robaron nada. Haces esto a pesar de que desde que vise el letrero de “valet Parking” guardaste TODO en la guantera y la cerraste con llave. Sin embargo, no revisas la guantera sino hasta que ya saliste del área del restaurant. Nada falta. Mejor así. El domingo sigue su lento caminar. Un domingo común y corriente.
Ida al estadio. Buenas y frías chelas, buenos lonches afuera del estadio. Te comes uno y piensas en un segundo pero te detienes al saber que adentro del estadio las chelas pueden dificultarse si entras muy lleno. Prefieres esperar para la salida. Ya adentro las cervezas siempre son caras y pocas veces muy frías. Buscas un lugar con la perrada (si no tienes palco ni butacas como la fresada) donde no se vea una porra muy desmadrosa. Te sientas y pides la primer chela (de adentro del estadio, ya te echaste dos o tres afuera, en el modelorama de la esquina donde sirven limones y sal) estás en buen lugar aunque comentas que el estacionamiento es siempre un desmadre (pocos somos afortunados de tener el estacionamiento que tiene Esaú en el estadio, a media cuadra del mismo) Vas al baño y sólo oyes los gritos de gol. Para variar te lo perdiste. Al regresar preguntas que qué pasó. Golazo. Ni modo, lo veré en Acción (nunca deporTV) si no se acuerdan que prometiste ir al cine. Buen juego o malo, pero fuiste al estadio y eso siempre es algo divertido.
Quieres cambiar de aires y te organizas con los cuates para ir a otro lugar que no sea le de siempre. Deciden ir a una cantina del centro para echarse unas chelitas y una botanita. Pocos estacionamientos, chelas de la sol, guac!!! Nadie en su sano juicio pide una de estas pseudo-cervezas, pero no hay más y no quieres sonar amargado diciendo: deberíamos ir a X lugar, X refiriéndose al mismo lugar de siempre. Después de dos o tres horas, por decisión unánime, se dirigen al mismo lugar de siempre. Al cruzar la puerta te sientes en casa. Los meseros te reconocen y los saludas con la vista mientras tu barman te ve y ya saca las frías para tus cuates y empieza a preparar tu bebida preferida, que por supuesto, ya conoce. Hierbabuena en chabela con arto absolut y sin popote.
Cuántas historias dejé atrás en Guadalajara? Cuántas veces me quejé de ir al banco, del caos vial, de tantas y tantas cosas? Nunca llevé la cuenta. Hoy, extraño cada historia. Extraño el estar en el banco, en el pinche cine, el echarme unos dogos del chino afuera del cine Foro, el ir a la FIL y su eterno e irremediable caos vial y mil cosas más. Cosas que no se han ido, sino que esperan mi regreso. Mi santa y bendita rutina de tener rutina.
Aquí mi rutina es muy, MUY diferente, pero rutina al fin. Es la rutina de ser extranjero, de estar en un lugar que me resulta extraño y que cada cosa me es nueva. Mi rutina es la rutina de no tener rutina.
Aquí suceden muchas otras historias, que poco a poco he ido conociendo. Pero algún otro día se las platicaré. No hoy. Por el momento los dejo. Mañana es lunes y tengo que recibir a mis alumnos. Peter, un chavo que medio entiende swahili (su lengua materna es el Kilúo, un dialecto de la zona) y sabe tres palabras en inglés, manejará su bicicleta por una hora para llegar a la escuela. Tarde por supuesto. Esa es su rutina.
Memo, desde aquí.
March 11 Poemario 3
Sólo solemos salir solos, para parar paraguas o pararrayos, meditamos mediterráneamente mediante medias, rebobinamos bobinas o 327894
Así es. Números cifrados.
Cifras cifradas nunja camas toncadas, mlupas noc tinta.
Error de sistema. Error de sistema. Error de sistema. Errro ed ssitmea.
Las palabras bailan en la sopa mientras los sapos brincan en tu lengua.
Sigue tu camino amarillo y no encontrarás a Oz. Sigue tu humo de tabaco y Alicia con sus mil conejos vomitados* fumará con tu pipa, papa, pipo, pepo.
mi mamá me mima. mi mmaa me mmia mmmmmm iaaeia
system failure systme flraiue systmflr eaiu flmrsty aeiu
0100001001
*
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- DIÁLOGO -
- ?Qué es lo que vez en mi si no ves lo que veo? - Siento lo que sientes cuando te siento. - ¿Pero no me escuchas escucharte escuchando? - … - ¿Acaso puedes olerme? Olerte? Olernos? - … - Por el amor de Dios. ¿Gustas? Gusto? Gustamos? - … - Llora. Así tus ojos verán, tu nariz olerá y tu lengua gustará. - … - …
Ellos por supuesto no tenían manos. Nadie ha tocado nada, nadie ha tocado nada.
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32 = 3 + 2 = 5 87 = 8 + 7 = 15 = 1 + 5 = 6 43 = 4 + 3 = 7 1996 = 1 + 9 + 9 + 6 = 10 + 9 + 6 = 19 + 6 = 25 = 2 + 5 = 7 1 + 6 = 7 9 + 1 = 10 = 1 9 + 8 = 17 = 8
Por eso me gusta el nueve. Pues no influye en los números. Es altivo e indiferente. El nueve debería ser una letra, no un número.
El mundo de los números está lleno de contadores e ingenieros y otros oficios. Pero nadie rinde culto al nueve. Cuando tuve 27 años lo olvidé. Lo obvié.
Espero recordarlo a los 36, a los 45, 54, 63, 72, 81, 90, 99, 108, 117… Y si el nueve es verdadero nueve… ahí lo veré.
Sin que me vea.
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Hoy me pasó algo muy curioso. Al cepillarme por la mañana descubrí una idea sobre el peine.
Estaba muy triste esta idea pues la noche anterior durante su sueño me he cepillado nuevamente y en ese cepillado le he arrancado todas sus amigas y conocidas, la he dejado sola.
Le he prometido nuevas ideas, una nueva familia y más y mejores amigas. Pero nada. He cepillado y nada. No ha surgido nada.
He colocado esta idea frente al espejo, junto a mi peine. Creo que ahí vela a sus amigas perdidas. Creo que he condenado a esta idea a una perpetua soledad.
Esta mañana mi idea se ha perdido, la he buscado inclusive bajo mi almohada. Y nada. No ha surgido nada.
Creo que me ha abandonado. La última idea que he tenido. Solos andaremos ella y yo. Solos y sin ideas.
Tres días después de su desaparición, mi única idea ha regresado. Lo ha hecho empapada en sopa. Creo que vio los miembros de sus amigas ahogadas en un plato. Les ha llorado pues donde deberían estar sus ojos sólo hay dos lágrimas. Creo que lloró sus ojos para ya no llorar. No ha dicho nada al volver, pero al ver el lugar donde deberían estar sus manos he visto una A y una T.
Hoy me ha despertado el inodoro. Alguien ha accionado su mecanismo, no he sido yo, obviamente. Ha sido mi idea quien se ha suicidado. Junto al retrete he visto la A y la T no hubo nota para leer póstumamente, pero sé que se ha suicidado en el remolino de agua para morir en el mar de las ideas al que nos lleva el retrete, en ese mar flotan todas las ideas de todos los tiempos, que han quedado solas. Digno funeral para una idea sola en un mar de plata.
Hoy he despertado, ya una semana después del suicidio anunciado de mi idea. He encontrado una cajita de fósforos junto al espejo. No hay huellas digitales pero sé que ahí dormía. He encontrado sus pantuflas. Son muy cómodas y afelpadas, pero no me calzan. Creo que antes de morir mi idea tuvo frío… y extrañó sus pantuflas.
Hoy por la mañana, al estar junto a la ventana enfermándome de aire enfermo (¿Alguna vez has leído sobre el aire enfermo? Yo sí) Vi pasar corriendo a mi idea de sur a norte, no me ha visto, pero así lo ha querido. Creo que me alegró verla vivita y corriendo, aunque no pude evitar un aire de nostalgia, tal vez contagiado por ese aire enfermo, al verla sin necesidad de mí, pues yo necesito de ella. Ella era, por decirlo así, mi idea. Ahora se vende por la calle. Y sin sus pantuflas que hoy atesoro junto a mi librito de cabecera.
Hoy por la mañana, después de la lluvia, he visto en el reflejo de un charco urbano el rostro de mi idea. Al levantar la vista noté que era sólo un árbol infestado de hormigas, tal vez haya decidido tomarse unas vacaciones pues ya hace un buen tiempo no la he visto y ya he revisado todos y cada uno de los charcos urbanos, inclusive bajo los desagües.
En sus pantuflas ha germinado un moho verde y oloroso. Qué bien cuidadas estarían si ella estuviese aquí con ellas.
Ayer domingo salí al campo. He visto germinar de una semilla un bello arbolito de múltiples hojas multicolores con muchos pajarillos en sus ramas. En su único fruto había muchas ideas, miles de ideas, cientos de ideas. Intenté robar el fruto y llevarme todas esas ideas en mi bolsillo derecho. Pero en mi bolsillo derecho llevaba unos cigarrillos y la cajita de fósforos en que estaban sus pantuflas. Intenté entonces mi bolsillo izquierdo, pero en mi bolsillo izquierdo llevaba la culpa de haber cepillado de mi cabeza la única idea limpia e imperecedera que de mi cabeza había brotado.
No tuve el valor de comerlo, sólo tuve el valor de quedarme sin ideas.
Y sin ideas me quedé.
Poemario 2
Hoy he caminado la senda que tantas veces recorreré por última vez. No la he reconocido.
Quizá me resulte extraña debido a mi lento movimiento.
A mi edad los movimientos son ya mucho más lentos que aquellos de un muchachillo de treinta o treinta y cinco años.
Creo que con esta edad a cuestas como dirían los ensayistas o poetas… no… los poetas utilizarían huesos o venas en lugar de “ a cuestas…” en fin, a esta edad uno sólo se limita a ver el cantar de las aves, el artrítico andar de las hormigas o el vómito alado en que las crisálidas se transforman.
Sólo éstas llevan el mismo lento andar y respirar.
Sólo a éstas podemos seguir paso a paso como si se tratara de un episodio más de nuestro programa favorito…
Recuerdo mi control remoto: era negro y ligero. Tenía una superficie lisa y quebrada, como la piel de mi pullover comprado en Buenos Aires, una ciudad que me resulta extraña.
Tal vez me resulte extraña debido a mi lento caminar.
A mi edad uno pierde fácilmente el hilo de las ideas.
No es fácil jovencito, andar por ahí, con trescientos cuarenta y cuatro meses en las venas o en los huesos o a cuestas o en las bolsas o en las manos o en los ojos o en la cara o en la memoria… en la memoria…
Hoy he caminado la senda que tantas veces recorreré por última vez. Y no la he reconocido.
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Hoy la he llamado señorita… Ofrezco mis sinceras disculpas… No lo sabía… Es que… Yo…
A mi me ha dado por llamarlas señoritas… Aun cuando he querido decir mi puta… Un nombre común que yo he… Más me vale quedarme callado… Sin embargo siento que… Tal vez debería… Aun contigo… Callar…
Creo que te he llamado mi puta… Te vi llorarle a tu almohada… Susurrarle al oido alguna palabra… Algún secreto obsceno fugaz… A pesar de… Saberlo lento… Callar…
Es momento de partir… Allá y acullá… Muy lejos… Shhhh…
Si pudiera versar como tu estómago… Si me atreviera a olvidar… Si acaso te viera… No lo podría… No creo… Callar…
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Creo que el papel de un lápiz es muy importante para los hombres.
Nos permite tomar y tener el control, nos permite borrar y bocetar, escribir y tachar, golpear y agarrar, susurrar e incluso callar.
Pero la vida de un lápiz es muy triste. Triste en realidad. Muy, muy triste. Tan triste como la de alguna estrella fugaz.
Poco a poco se extingue, poco a poco se hace más viejo, más pequeño, más… más madera y menos lápiz.
Toma un lápiz y escribe, no un bolígrafo, ellos, los bolígrafos son clones de nuestros lápices.
Toma un lápiz y escríbelo, mutílalo poco a poco con su veraz verdugo: el sacapuntas.
Creo que los poetas y los doctores le han dado más importancia al lápiz que al sacapuntas.
Sin sacapuntas el lápiz entra en coma. Sin sacapuntas el lápiz es sólo un madero.
Toma un lápiz y escríbetelo, pero besa a tu sacapuntas, pues con él Dios escribió el Libro del universo, el Libro de tus sueños.
Mi fiel amigo olvidado. El sacapuntas junto a mi tintero.
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No sólo presiento lo que va a suceder. Sé lo que en unos segundos va a ocurrir.
Poco a poco apretaré el reflejante metal y poco a poco la puerta cuyo color es negro rechinará.
Ese rechinar me mostrará un nuevo mundo sin nada, sin cosas, sin aire ni lamentos.
Dejaré, si decido cruzar la puerta, dos sillas atrás.
Ocuparé un espacio en el vacío salón y entre dos ventanas miraré atrás para darme cuenta que las sillas aun se encuentran donde las dejé
Hoy no es un día soleado. De esos que me gustan.
Debería saberlo.
Es mejor dejarlo todo atrás y volver a empezar.
¿Rechinará la puerta esta vez? Sé que lo hará. Y las sillas quedarán atrás.
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Eso es lo bonito de lo bonito. Que sólo es bonito.
Y eso es lo bonito del agua, que sólo es agua.
Un ave es plumas, garras, pico, parásitos. Un gato es misterio y pelos y saliva.
Un árbol es movimiento y libertad y hojas y tierra.
Uno no es uno sino el reflejo de uno en el espejo de la chapa de nuestra puerta.
Pero el agua es sólo agua. No es oxígeno ni hidrógeno ni carbono ni putonio (sí, putonio)
Lo bonito de África es eso, que el agua es sólo agua, que el chorrito de agua sale poco a poco por mi regadera.
Muy húmeda, muy agua.
Y eso es lo bonito.
Que abro mis ojos y es sólo eso.
Un chorrito de agua. Poemario4 de marzo del 2006. ****************************
Los días soleados no son como me gustan.
A mí me gustan cuando son grises cuando son húmedos y fríos. Los días soleados deben ser callados, silenciosos, inmóviles.
Aquí sin embargo, los días no son soleados. Y me gustan.
El aire es limpio y sólo huele a limpio, a enfermedad y a soledad.
Pero deberían ser más callados.
Escucho las aves, el agua, las huellas del ganado…
Y deberían ser más callados.
Así es como deberían ser mis días soleados.
Sin ruidos ni gente y sin recuerdos ni memoria y muy, muy callados.
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A Juan Pablo, mi hermano.
Es muy filosa. Son muy filosas para ser exactos con el relato. Brillan al reflejo del sol. Puedo enterrarlas lentamente, deslizarlas por toda la superficie de mi cuerpo, hasta que no haya marcha atrás, hasta que ningún doctor o brujo pueda salvarme.
Para enterrarlas lentamente necesitaré dos manos. Las tengo. Puedo hipnotizarlas y cometer el pecado mortal del suicidio.
Las herramientas las tengo pero…
Es tan fácil cometer el suicidio, dista de nosotros, de nosotras sólo un metro entre las navajas dulces y nuestra carne, pero…
El agua hierve, las pompas de jabón están listas, pero…
No. No podré suicidarme. No me pertenezco. El dueño de mí, ya lo ha decidido y no se dejará hipnotizar. Solamente leerá, muy indiferentemente Gillette mientras juega con los fósforos antes de encender un cigarrillo…
Creo que una noche escuché a mi barba susurrarme al oído estas palabras. Debe haber sido el opio. Mi barba por supuesto no habla castellano. Habla el lenguaje propio de las barbas y los bigotes.
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Por cierto…
Es en estos días soleados cuando resulta imposible mudar los dientes.
Se aferran a las húmedas encías.
Creo que los dientes saben que cuando hay nubes de lluvia, nubes de nublado pueden morir y ahí se entregan hasta el último anhelo de destreza.
Resulta incansable el cepillarlos. No cederán.
Las nubes de nublado y los dientes de desayuno, creo, son amantes distanciados y su reconciliación tendrá que esperar, por lo menos a que acabe esta historia.
Punto final.
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¿Han escuchado la expresión: “aire enfermo”? Yo sí.
Pues esta tarde al mirar por la ventana, he descubierto su escondite.
Me miró con ojos de temor y vergüenza, tal vez por que he descubierto su secreto y sabe que lo contaré al mundo.
Este aire es muy fácil de reconocer: huele bien, huele a limpio, tiene un tono azul grisáceo. Pero es aire enfermo.
Ten cuidado con él, pues está enfermo de nostalgia. Cuando lo huelas lo reconocerás, cuando lo veas te susurrará, cuando lo gustes te verá.
Se encuentra cerca, muy cerquita de los marcos de nuestras ventanas. Esto lo sé pues lo he visto a los ojos.
Cuando abrimos las ventanas nos golpea directamente en las narices (nuestras, no mías) y nos enferma de nostalgia.
Cuando abrimos las ventanas brinca hacia nosotros dejándonos en el suelo de bruces.
Ten cuidado con él.
La próxima ocasión que necesites abrir una ventana recuerda que el aire ahí es aire enfermo e intentará arañarte, como el jabón intenta sujetarse a nuestros cuerpos desnudos cuando nos bañamos.
Este aire enfermo te puede cortar y no hay curitas para detener su hemorragia.
Da un paso atrás y deja que caiga al vacío.
Respeta su silencio mientras se levanta e intenta acurrucarse nuevamente en nuestras ventanas para intentar eternamente contagiarnos como el jabón que intenta sujetarse a nuestros cuerpos desnudos cuando nos bañamos.
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Sólo es cuestión de tiempo… antes de que lleguen los gendarmes.
Hace sólo unos cuantos días andaba libre, libre de culpa.
Hoy… ya se acercan los gendarmes.
He cometido un homicidio… no con alevosía y ventaja, fue un accidente, pero he homicidiado a alguien.
Si guardaras silencio escucharías la sirenas que se acercan.
Será infructuoso explicar mi homicidio, me encontrarán culpable, ahí yace el cuerpo… No sé si frío o cálido pero yace ahí a mis espaldas.
Si guardaras silencio verías el ronronear de los autos en los que vienen los gendarmes.
No sé cómo ha sucedido pero ha acontecido. Soy un homicidiador (creo que esa es la palabra que emplearán en mi juicio).
Ya hay curiosos varios alrededor de mi crimen.
Ya huele a azufre, que es así como deben oler los buenos muertos decentes, si, claro, desean un funeral pagado por el Estado.
Si guardaras silencio sentirías el correr hacía mi puerta de los gendarmes.
Ha sido muy curioso mi homicidiario, muy breve pero extremadamente eficaz.
Sólo bastó un poco de presión extra en el pulgar de mi pie derecho para que sus vísceras explotaran dentro de su vientre.
Ha sido una hormiga gigante a quien he matado. Pero debe ser hermana o hija de alguien y con esta policía no se juega.
Si guardaras silencio gustarías el aletear de las moscas que ya la comen.
Si guardaras silencio inclusive me rescatarías.
Pero mi lápiz te despierta. February 12 El SueñoEn las historietas, en las películas, en los dibujos animados, en las novelas, en muchos contextos en general, los personajes principales o secundarios de una aventura o desgracia sufren pesadillas. Muchos de ellos tienen sueños.
En muchos de esos sueños alguien recomienda al personaje en cuestión, justo un instante antes de que caiga en la desgracia, que grite si es su deseo despertar.
Al caminar por las terracerías de esta aldea perdida de Dios siento que deambulo en un caminar delirante. Siento que las realidades posibles y necesarias han colapsado en un choque de trenes dejando nada sino un sueño.
Siento que camino en el sueño de alguien más, que no es mi sueño, vamos, ni siquiera me siento personaje secundario para poder ser galardonado con la Oportunidad de gritar y así despertar al personaje que me está soñando en esta surrealidad viscosa.
La gente aquí, en este sueño, deambula al parecer sin destino ni punto de origen; la gente despierta aparentemente sin memoria histórica, política o social; algunos incluso figuran sin memoria de lo propio.
Creo que vivo en la Suburbia de algún sueño cabalista, en el sueño de alguien que debe estar asoleándose en el Mediterráneo o en el Caspio. De alguien que debe estar paseándose en los Balcanes o apostando en Las Vegas. Tal vez incluso sea el sueño de algún extremista musulmán que se inmolará prontamente.
En la Suburbia no hay oportunidades de gritar. Uno es simplemente un tornillo, una tuerca, una rondana o peor aun, una rebaba en la Gran Maquinaria del sueño de otro. No soy ni siquiera un engrane o un pistón. Soy solamente contingente de un sueño ajeno.
Siento al caminar que muevo el éter, que tal vez sea parte de la teoría del Caos: el aleteo de una mariposa en el amazonas puede desencadenar una marejada al otro lado del Pacífico, una avalancha en Los Alpes suizos, un derrumbe bursátil en Wall Street o en la escala NIKEY, la bursátil de Tokio.
No veo en mi estancia en esta parte del mundo cualidades que me indiquen una Realidad sino que soy victima de un sueño, de una broma de Cámara In fraganti, o que soy un habitante más del CUBO (excelente filme norteamericano). Sin embargo, no hay nada que me indique que en efecto esto sea así.
No, esto no es un sueño ni una realidad, no puede serlo. Es simplemente una imagen en movimiento dentro de una bola de cristal en la cual nuestro universo gira como copos de nieve artificial en uno de esos adornillos que venden en época navideña en las cajas registradoras de las tiendas departamentales. Al menos eso tendría sentido. Entonces las cosas que veo, huelo, siento, gusto y escucho parecerían coherentes ante la incongruencia en la que vivo.
No sé en qué juego de los rosacruces me encuentre. No sé qué nigromante haya decidido ponerme como un grano más de arena tendido en la Playa perpetua. No sé ni siquiera si el que sueña (si esto en efecto es un sueño) está en coma profundo, en estado vegetativo o en la antesala de la eutanasia, conectado a un respirador o alimentador electrónico como Terri Schiavo.
No sé nada de esto ni de aquello. Simplemente me limito a ver, a oír, a escuchar, a sentir y a gustar. Ya caeré en la Realidad nuevamente. Todo a su debido tiempo.
Veo con nostalgia los años en los que tenía control sobre mis sueños, sobre mis decisiones, sobre mi entorno. Ahí en la Realidad el personaje tiene la oportunidad de gritar y despertar. Yo me encuentro atrapado en un sueño ajeno, y aún faltan 34 meses para despertar.
Intentaré no transmutar como en los sueños que vemos en las películas. Intentaré ser consistente con lo que mi personaje hace, piensa y es. Trataré de volverme un personaje importante en esta historia, en este sueño o en esta imagen en movimiento para en su momento tener el valor, la energía y la memoria colectiva, política, histórica y propia intacta para poder gritar a lo alto: despierta!!! Esto no es real.
El sol ya los ha dejado y aquí amanece.
Alguien debe continuar su sueño.
Hoy intentaré gritar.
Hoy intentaré despertarle.
Aunque no lo logre.
Después de todo, tal vez éste sea tu sueño.
Memo, tal vez cerca de la vigilia en Masonga, Tanzania. África del Este.
January 14 Por un momento olvidéPor un momento olvidé que…
Por un momento olvidé que es del agua de donde proviene la vida… por un momento olvidé que estaba en África… olvidé que es el Lago Victoria el segundo más grande del mundo… que en sus aguas hay un virus que produce una enfermedad llamada bilharzia… Por un momento olvidé que cualquier cuerpo masivo de agua debe llevar en su cuenta por lo menos a un centenar de vidas… creo que él también lo olvidó. Ya nunca más necesitará recordarlo. Él bien puede ser el número 101 en la cuenta infinita de cuerpos que han salido a flote, inertes, inmóviles de ese espejo de agua. Sin embargo su familia no olvidará esto nunca más… cuántas generaciones heredarán el conocimiento sobre la maldad y la bondad del agua, me pregunto mientras veo el lirio morir sobre su pecho inerte, frío, enlodado.
Al acercarme la tarde del 31 de diciembre a las orillas del lago, pensaba que ese era un buen día para nadar: cerca de los 35 grados centígrados, buena brisa, buenas olas aunque no dignas del blacky y sus incontables travesías surfas, en fin, mi primer baño en el Lago Victoria. No podía esperar a adentrarme en sus aguas, esto haría aquellas palabras que le dije a Pablo antes de despedirme mucho más reales. Pero África me sorprendió nuevamente.
Un pequeño grupo de niños, el mayor de ellos no alcanzaba los 12 años, y dos mujeres nos veían acercarnos al lago con todo el kit de natación: toallas, sandalias, mochilas donde llevábamos botellas de agua, Sergio inclusive llevaba sus goggles en la frente, todos listos para nadar y pasar una buena tarde en el lago. No pronunciaron una sola palabra hasta que nos acercamos lo suficiente para estar a punto de darnos cuenta de lo que había pasado. “No pasen por aquí” nos dijeron secamente, ya vienen a llevárselo. Qué? De qué hablan le pregunté a Sergio. Nadie respondió nada. Las mujeres trataban de contener el llanto, los niños no sabían que hacer, todos se limitaban a observar.
Ahí, en una playita lodosa localizada entre una península formada por piedras y el molino de viento que ayudé a poner en marcha un tiempo atrás, yacía el cuerpo de un hombre que acababa de morir ahogado en el lago. Al parecer el viento y el oleaje subieron de tono rápidamente, el hombre que nadaba no cerca de la playa, tuvo dificultad para nadar y ante el temporal, sucumbió. Se lo llevó la chingada pa que me entiendan.
Lo cubrieron con lirio. Sólo esperaban que llegaran sus familiares de Shirati, a 10 minutos en carro. En carro.
Una hora más tarde, ya después de que los otros se metieran al lago (aquellos que me conocen bien saben de sobra que por supuesto y bajo ninguna circunstancia me iba a meter al lago, sería sumamente irrespetuoso de mi parte no tanto del duelo de la familia, sino del lago) regresábamos a casa para la celebración de año nuevo cuando vi que llevaban el cuerpo cubierto/envuelto en unas cobijas, muy bien amarrado a la bicicleta, cuesta arriba, ahora sí, todos llorando a pulmón batido/batiente, lo que sea.
Mientras llevaban a este pobre hombre, no tendría más de 25 o 30 años, olvidé por un momento que es del agua de donde proviene la vida, por un momento olvidé que estoy en África, frente al segundo lago más grande del mundo, que en él hay un virus que produce una enfermedad llamada bilharzia, que ese hombre a quien el lago había arañado con sus pequeñas olas al parecer reclamándolo como suyo mientras había estado tendido junto al lago, pudo ser el número 101 o un millón, no lo sé. Me limité a ver, a no sentir, a dejar pasar el tiempo en total ausencia de ideas o pensamientos. Me sentí ajeno a la desgracia de esta familia. Sólo pude sentir un pequeño soplo en el corazón que mostraba que había ahí una chispa de simpatía por la familia.
Justo después no olvidé... recordé. Recordé que debe haber un sin número de cuerpos en la cuenta de este cuerpo de agua, que tengo aún muchas cosas por vivir, por contar, por platicar y exagerar. No voy a ser parte de ese número de infortunados.
Por lo pronto espero para ir al lago, pronto. Más pronto de lo que el lago me espera, así lo tomaré por sorpresa, para que me sienta, para que me conozca, para que no me reclame como suyo.
Espero no olvidar que estoy en África… frente al Victoria y que aún no he ido al índico, a nadar con mi delfín, a firmar para regresar. Apenas esto empieza… y se está poniendo interesante.
Memo. Masonga, Shirati, Tanzania. África del Este. Con un calor de los mil infiernos.
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