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9月3日 Bajo el Agua... ... ... ... ... . . .......
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Cuando iba a la escuela de natación (tenía apenas entre dos y cinco años) la parte que más me gustaba de la clase era cuando teníamos que hacer “bucitos”. Aquel ejercicio en el que aguantas la respiración para sumergirte en el agua y regresar de inmediato a la superficie. Creo que ese ejercicio era para que los demás niños supieran controlar su respiración bajo el agua y no se ahogaran. Yo desde la primera clase noté que mis maestros no respiraban bajo el agua. En las olimpiadas del 80, recuerdo ver la tele en el depa de federalismo, vi claramente como los nadadores respiraban fuera de la alberca y nunca bajo el agua. Yo ya sabía que no se respiraba bajo el agua. Cuando nos hacían hacer bucitos, yo me quedaba unos momentos más bajo el agua y mi maestra –una morena súper fea pero con unos pechos impresionantes- me sacaba a huevo... temía que me ahogara. ¿Cómo poder ahogarme bajo el agua si es mi elemento, si es en ella donde estoy en casa? Esa parte de la clase me gustaba mucho y no por que con mi mirada indiscreta veía con la malicia que un niño de cinco años puede tener los pechos de mi maestra, sino por todo aquello que veía al cerrar los ojos. El ver el silencio y el ruido bajo el agua siempre me ha hipnotizado, ahora creo yo, desde aquellas primeras inmersiones al agua. Al salir rápidamente y verme rodeado de un circo -no de tres sino de cientos de pistas- de sonidos, de ruidos no podía sino sumergirme nuevamente para repetir esa sensación. Todos los niños gritando, todos los niños pataleando, todos los adultos indiferentes ante el aprendizaje de un grupo de huesitos, musculitos, trajecitos de baño, gorritas para el pelo, tablitas para flotar, chanclitas para no resbalar, toallitas para secar... todo eso en un solo instante en mis oídos... y los olores. El cloro, la alfombra húmeda de meses, el calor emanado por el techo de la alberca, los eucaliptos fuera del club... todo eso en un milisegundo y no diez, como nos decían los maestros, sino veinte o treinta veces por turno como yo decidía. No podía esperar a mi siguiente clase para nuevamente con mis ojos cerrados ver los pechos de mi maestra y oler y escuchar todo lo que el agua me tenía siempre en bandeja de plata.
Un sonido al que pocas veces presté atención fue mi propio sonido o ruido al salir del agua, respirar, escuchar y oler. Y ese sonido es el que ahora escucho muchas veces muchos de estos días. Es el sonido del salir del agua, del salir de mi espacio, de mi elemento para desprenderme instantáneamente del agua (que escurría por mi piel, por mi cabello, junto a mis oídos y bajo mi nariz) que cargaba todos esos sonidos y olores en cada molécula que me empapaba. También es el sonido que se hace cuando los pulmones ya no dan para más y necesitan en el transcurso de aproximadamente un cuarto de segundo llenarse de nueva cuenta de aire para poder gozar de los sonidos y olores que se ocultan bajo el agua.
Por malo que parezca, no es un sonido que desprecie. Es un sonido, el del salir del agua, que invoca vida. Que invoca movimiento, que invoca un choque, un despertar. Un alivio instintivo contra el alivio buscado por la fantasía de un niño que no para de crecer para nunca crecer y seguir inmerso en su fantasía. ................................................. sonaba yo cuando salía de esa piscina.
El regresar a México no sólo fue un abrupto salir, fue un abrupto secar. A diferencia de los niños que temían por sus endebles huesos al arrojarse a una piscina de no más de cuatro metros de profundidad, yo siempre añoré el llegar a la C. La zona de la piscina donde la profundidad obligaba a cualquier alumno menor de 12 años a ir acompañado por un maestro. Una vez mientras la maestra suplente, una rubia muy bonita y delgada, cuidaba a un niño más pendejo que cualquier niño que haya visto se distrajo me fui a la C. Pasé primero por la B, donde los grandes nadaban, pero que si tenían pánico acuático, podrían con sólo erguirse, poner pies sobre el fondo de la piscina resolviendo así su miedo húmedo. Algunos grandes me dijeron “niño, regrésate al kínder, aquí es para los grandes que sabemos nadar” mientras se aferraban aterrorizados a sus tablitas para flotar. Imbéciles!! Quién acaso quería nadar en su espacio de alberca meado y babeado? Yo no. Me acercaba más y más a la C. El agua era más azul y no creo que fuera por la profundidad sino por el azulejo con el que habían recubierto esa parte de la alberca. Estaba ahora en la C. Fuera del alcance de mi maestra, una rubia muy bonita y delgada. Mi instinto me arrojó a tomar una respiración profunda, muy profunda y descender. No fue mi primer intento de suicidio –que fuera de una puñeta mental adolescente nunca he tenido. Fue mi primer encuentro con el silencio absoluto. Bajé y bajé... en silencio. Rodeado de silencio. La presión del agua se hacía más y más fuerte y mis pulmones lo sentían; mis oídos se llenaron de una cápsula de aire que saqué fácilmente al apretar mis dos fosas nasales y soplar fuertemente. Y seguía bajando. Cuando toqué fondo, me concentré en el silencio que me cubría ahora de pies a cabeza. Toqué con mis manos el fondo e impulsado por mis piernas a manera de resorte, salí disparado a la superficie de la C. Sabes cuando un circo de cientos de pistas se convierte en El Circo de Sonidos? Me apoyé de la barda y salí de la piscina. Había conquistado el miedo de todos los niños y de todos los maestros: La C. Al lograrlo no me colgaron ninguna medalla al valor ni mucho menos, pero al hacerlo, me colgué al cuello la medalla que el silencio y el Circo de los Sonidos dan a aquellos que los escuchan para nunca confundir nuevamente el silencio del ruido con el ruido del silencio. Cuando regresé a mi sección, la A, mi maestra rubia, angustiadamente bonita y delgada, me preguntó dónde había estado. Miré tímidamente a la C y dije que en el baño, que se encontraba justo frente a mi, no de donde yo parecía venir. No me creyó pero no me castigó. El castigo hubieran sido hacer unos cincuenta bucitos en una zona donde el silencio ya no era silencio ni el ruido, ruido. Y ahora me escucho saliendo nuevamente del silencio de la C. Esta vez sin embargo no me concentro en el silencio que acaba de rodearme, ni en El Circo de Sonidos que me avasalla; por el contrario, me fijo nuevamente en el sonido del instinto que alivia por que los pulmones se llenan nuevamente de aire, invocando vida, movimiento, alivio. He salido nuevamente a respirar, ha sido un momento dolorosísimo. Sabes bien qué es lo que ha sucedido y no lo sabes. Abres los ojos y sabes qué lo ves, pero no sabes lo qué ves. He estado inmerso unos cuantos meses, casi cinco, en la C. No espero medalla alguna esta vez, ni siquiera la del Circo de los Sonidos. Y camino lentamente a la A, donde ya no hay rubias bonitas ni delgadas, ni un par de pechos impresionantes bajo el agua de mis ojos cerrados, ni tablitas ni toallitas ni nada. Pero invariablemente, cada vez que veo a la tribuna, aquel lejano lugar desde donde los adultos se angustian ante el posible ahogo de sus musculitos y huesitos amaestrados y bien educados, mi mamá está ahí. Detrás de un libro atenta sin aspavientos, sin escándalos de mamá cuervo, sin moverse nerviosamente cada vez que sus huesitos, sus musculitos, muy traviesos por cierto, bajan al agua para hacer un bucito. Viéndome cómo hago esos bucitos, cómo me arrojo al agua, cómo me escapo a la C, desde donde no escucho nada, de donde salgo caminando no asustado, para volver a hacer bucitos y escuchar todo lo que hay que escuchar, oler todo lo que hay que oler, y sentir aquello que uno puede sentir cuando está bajo el agua contemplando el silencio.
Memo. En la tribuna. Abrazando a mi mamá, por haber confiado en mí, por haberme educado, por hacerme su hijo.
SilencioEl silencio de Masonga es extraño.
Y no es que no haya sonidos o que el viento se enferme de malaria y emita poquísimos sonidos con ojos de enferma pero gritando que está enferma… no. No tiene nada que ver con eso. El silencio de Masonga es extraño. Inexplicable.
Es un silencio que se te sube desde los pies, cerca de los tobillos y cosquillea cuando llega a la altura de las rodillas.
Una vez en la cintura sabes que es imposible quitártelo del todo (como las siafu[1] que a pepe i ana de seguro les deben haber dado más de un dolor de cabeza y asombrado en su primer encuentro para después esquivarlas indiferentemente con un salto, un brinco o un sencillo pisotón seguido de una leve carrera de escasos dos o tres metros antes de volver a la calma de un lento pero firme caminar).
Después te das cuenta que no sólo te ha llegado a la altura del pecho sino que te rodea y muerde el cuello desde toda la aldea [si fueras un felino podrías mover tus oídos en varias direcciones y escucharías los gritos de algún niño perdido o mal atendido, los tambores de la primaria anunciando que la inminente paliza que recibirán algunos niños está a punto de iniciar, el graznido de decenas de –en realidad tal vez sólo dos o tres- aves, las risas de adolescentes en un salón alguna vez construido por un grupo de españoles no españoles o el lento andar del sol y te darías cuenta de que hay millones de sonidos... pero no eres felino y todos esos sonidos te abandonan de una buena vez] y no escuchas nada nuevamente… como cuando detectaste el sonido de ese silencio por primera vez hace unos segundos, cuando se prendía de tus tobillos antes de escalarte hasta el cuello.
Y es que el silencio de Masonga es sumamente extraño.
Pocas personas pueden llegar a escucharlo o sentirlo (que en realidad es mucho peor pues se siente desgarrándote el pecho formando un triángulo exacto justo entre el esternón, el corazón y la garganta) y cuando lo hacen se quedan de pie, estáticos, bajo el sol que marca, mucho más allá de tu camisa, sin quemar.
Al hacerlo, se encuentran no sólo solos sino también mudos, inmóviles con un sabor a hierro viejo en la boca (tal vez debido al tabaco fumado y al ron bebido la noche anterior).
Y es que el silencio, este particular silencio, no es una carencia de sonidos… es un estado en el que te encuentras justo después de llegar o de partir de aquí. [Aunque es más fácil saborearlo una vez que llegas pues sabes –por que esas cosas se saben- que te indigestará una vez que te vayas (en Lleida no hay antiácidos para tal indigestión pero a veces el comer caracoles y escuchar las posibilidades que el ruido de una cubeta de playa convertida en un inmenso y sonriente tambor traerá ayuda un poco al malestar)].
He llegado nuevamente a Masonga… después de cerca de cinco meses he llegado nuevamente a casa. Los sonidos me han saludado, los carpinteros de mi ventana han salido, regresado, salido de nuevo y regresado otra vez con sus particulares graznidos de pelea familiar, los kenges[2] siguen huyendo ante el menor indicio de humanos alborotando todas las hojas secas que hay a su paso haciendo obvio el camino que han tomado –si fuéramos tan sabios como los kenges y pudiéramos elegir nuestros caminos con tal prontitud y seguridad, por eso es importante observar a las hormigas antes de la lluvia, para aprender de ellas - los unicornios silenciosamente se han extinto de este lugar dejando muy poca imaginación a las personas que habitan o viven –como yo- en África y el Victoria sigue siendo el Victoria –lo único que creo puede ser celoso del todo.
El llegar a Masonga ha sido una rareza. Los olores siguen ocultándose al ver el polvo levantado por un auto que se acerca, los sonidos siguen saturando muchos de los rincones de los que se cuelgan, los monstruos que ahuyentan niños siguen saliendo rápidamente de atrás de las puertas con arco y flecha… pero todo es tan extraño que no puedo sino reconocerlo de inmediato.
Me encuentro de pie, entre las casas de Masonga, no camino entre el polvo de sus caminos, no me tapo los oídos ante los casi infinitos decibeles que emiten sus chiquillos y sin embargo el silencio de Masonga está tan presente en mi cuello que casi me deja una marca de furor adolescente.
Y es tan extraño.
He vuelto sí… pero ahora no sé si me he vuelto o he vuelto.
Quiero creer que he vuelto y no que me he vuelto (aquí la gramática juega un papel fundamental como lo saben bien quienes o quien habita frente a un puente gigante) aunque eso lo sabré a su debido tiempo.
He regresado, eso es cierto… pero las cosas a pesar de que no han cambiado –y sinceramente creo que nunca lo harán- han cambiado. Creo que lo mejor es dejar que las cosas pasen a su debido tiempo, cuando ellas quieran, después de todo siempre ha sucedido así a pesar del capricho humano.
Es difícil poner atención a todas las cosas que pasan. Todavía hay mucho dolor y esperanza por lo que ha pasado recientemente. Creo que será mejor sentarme… tomar las cosas con calma y escuchar qué es lo que viene, que es lo que ella me dice o recomienda. Nunca me dejó sólo y no lo hará ahora que lo ha hecho. Así no es ella y los que tenemos la fortuna de conocerla lo sabemos bien, tenemos esa certeza –como muchas que casi nunca tenemos.
Pero es tan difícil pues en Masonga el silencio es tan extraño que nunca se sabe a bien qué es lo que se escucha.
Ahora intentaré poner atención por difícil que resulte ya que creo escucho o siento algo raro en mi pecho cerca de donde colgaría una cruz que me dieron en México… colgaría si no la hubiera enviado a Catalunya el año anterior, me he quedado estático y el sol quema bajo mi camisa.
Y me he quedado sólo (aunque no del todo), mudo e inmóvil con un sabor a hierro viejo en la boca (tal vez debido al tabaco fumado y al ron bebido la noche anterior).
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