| Memo's profileantimalariaPhotosBlog | Help |
|
April 10 Ampollas en las manosViernes.
Cuatro de la tarde, 24 grados centígrados.
Día soleado de esos que te gustan.
Silencio total. Total.
Trabajas bajo el sol. Solo.
No hay nadie a por lo menos 100 metros de ti, de eso estás seguro. Tienes tu ipod y te sumerges en tus pensamientos. Trabajas en algo que nunca antes, nunca jamás, has hecho. Los músculos de tus falanges resienten el arduo trabajar, pero el sudor ya corre imparable por tu frente y no lo puedes detener.
Por momentos ni siquiera tu sombra te hace compañía, pues se esconde bajo los nuevos frescos brotes de césped.
Tus hombros ni siquiera se dan cuenta del trabajo. La espalda baja, húmeda por el sudor, siente el fresco aire de la tarde. Algunos mechones de cabello bajan por tu frente, otros lo hacen cerca de tus oídos. Codos, rodillas, ojos, párpados e inclusive los labios rebosan de sudor, de algas, de ganas de zozobrar en la sombra de aquel naranjo que se ve detrás del techo de paja en aquella casa de adobe.
Y no pasa nada, nadie, nada.
Por un momento te escuchas a ti mismo y no escuchas nada. Estás en un limbo acústico, visual, sensitivo, olfativo, gustativo.
El continuo y repetitivo movimiento pendular de tu cuerpo que va de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha otra vez, y una vez más y una más y otra vez, hipnotiza tus pensamientos que ya no se encuentran en el lugar en el que estás parado, sino a miles y miles de kilómetros y años de ti.
Piensas en lo que fue, en lo que no fue, en lo que es y en lo que no es, en lo que será y en lo que no será.
Tus ideas te abandonan nuevamente. Sólo para dirigirse a lo que se dice y lo que se escucha, pero primordialmente a lo que no se dice y lo que no es dicho y a lo que no se escucha y no es escuchado. A lo que no es visto, a lo que no existe, a lo que ni en tu mente es no ya posible sino no infinito.
Piensas en los diálogos que escuchaste y lo que se dijo, pero primariamente en el cómo lo escuchaste, cómo lo has modificado y hoy todavía te abruma, inclusive después de tantos y tantos años, después de tantas y tantas lluvias, de incontables bostezos, de inconmensurables segundos en esos silencios incómodos.
Sueñas, viajas, comes, cagas, coges y duermes. Bostezas, lloras, pegas, eructas y te sirves un vaso de agua. Manejas, mientas madres, compras, vendes, gastas y estornudas. Ves mas no observas, oyes pero no escuchas, pruebas aunque no gustas, tocas sin embargo no sientes, olfateas lejos de oler.
Nada dentro de ti es ya más real que la sangre que corre por tus arterias. De hecho, si en este momento te arrancaran la cabeza súbitamente, aun podrías caminar por un buen trecho antes de darte cuenta que los huesos que cubren tu cerebro estarían fracturados y lejos de su cuello.
Ya ni el saludo de tu sombra te resulta familiar. Has entrado en el mundo de los vigías. Monstruos que sueñan con los ojos abiertos, con el alma fuera de ellos, lejos y ajenos a ellos. Tres diferentes monstruitos te saludan para darte la bienvenida a su mundo. Aunque no los entiendes, sabes que te han estado observando y te reconocen como uno de ellos, es por eso que no han intentado sacarte las vísceras y comerte vivo. Es entonces cuando te das cuenta nuevamente de tu cuerpo.
Eres carne y huesos. Respiras, sientes hambre y calor. Necesitas desesperadamente ir a mear. Tu cigarrillo termina de consumirse en tus falanges de una manera dolorosa.
Has vuelto a ti y sientes tus manos. Las herramientas novísimas del hombre civilizado. No más sueños guajiros. No más alucinaciones de lo que fue y lo que no será, de lo que no es y lo que es, de lo que dijiste, pudiste decir o no quisiste decir.
Caes a la superficie mientras tu mente y alma regresan dubitativamente detrás de tus ojos, que es donde corresponden.
Tu cuerpo espera nuevas instrucciones en cuanto al siguiente paso a seguir. Tu cerebro te pregunta cómo debe proceder.
Sólo atinas a mirarte las manos en busca de una respuesta.
Y tienes ampollas en las manos.
Viernes.
Seis de la tarde. 24 grados centígrados.
En Guadalajara fue...Manejas por plaza del sol a las dos de la tarde, después de una corta llovizna, te quejas del endemoniado tráfico de la zona, de las obras públicas en avenida las Rosas, en la glorieta Colón, etc. Media hora después de un tráfico infernal, llegas a casa y no hay muchas opciones culinarias para satisfacer tu hambre de oficina, de taller, de chamba o de escuela. Abres el refri y sólo queda una rebanada, una, ya descolorida de la pizza del domingo. No es suficiente; no hay nada. Necesitas (u ocupas si eres tapatío) cocinar algo y rápido. Tu estómago te pide a gruñidos que prepares algo, lo que sea. Optas por prepararte una sopa maruchan, una sopa instantánea de fideos knorr, o recalentar el pedazo de pizza, comerlo y después, ya con la lombriz calmada, hacer algo más ad hoc para la ocasión.
Viernes de quincena. Tienes suficiente lana en la cartera o bolso para sobrevivir una catástrofe mundial pero… no es el dinero el problema. Tienes que ir al banco a depositar una lana, a cambiar un cheque o a preguntar la hora. Infierno dantesco. No sólo tienes que ir al banco sino al BBV. El peor banco de guanatos. Puta, el estacionamiento en sí representa una pesadilla digna de Stephen King. Ni modo, te subes al carro con o sin aire acondicionado y te diriges al banco. Chingada madre, por que no fui ayer, o anteayer (según el corrector ortográfico de mi laptop, antier digo yo) o el lunes como lo había escrito en mi agenda. Ni modo.
Domingo, seis de la tarde. Tomas el cafecito, el té, una nieve o algo así (yo me estaría chingando unas chelas viendo acción, nunca “deportV”) con tu novio, novia, esposo, esposa o pareja en cuestión, no sabes cuál de todas las opciones ofrecidas por cinépolis vale la pena y ni siquiera sabes si vale la pena ir al cine a ver un churrazo, CHURRAZO, hollywoodesco. Pero en fin, ya lo habías prometido y quieres evitarle un pancho que durará, seguramente, una semana como mínimo. Optas por la que dura menos o la que se ve menos “pior”. Te lleva la chingada. El estacionamiento está hasta la madre, ves al acercarte al centro comercial que la plaza o el cine está lleno no sólo de parejas nuevas, igual de cursis que tú y tu acompañante, sino de niños cuya ración de azúcar ha sobrepasado la dosis diaria recomendada por la Asociación Nacional de Pediatras y Curaniños. El cine ya lo sabes, será un relajo. Las palomitas y la inmensa cola que el comprarlas representa, los refrescos sin gas y con poco hielo, los chocolatitos, los pinches ponpons (hola Vale, todavía te encantan? un besote) que suenan a sonaja y no a golosinas harán de tu estancia en el cine una calamidad. A media película te acuerdas de lo que tienes que hacer en la semana, vas al baño y al regresar ya pasó lo chido de la película. Valió la pena el cine, te evitaste un pancho y pudiste arreglar tu agenda mientras los buenos mataban a los malos, pero al salir, ya sabes, la cola para salir del lugar, no traes cambio y el de la cabina tiene que ir a cambiar el billete de 500 o de mil (que todavía no he visto por cierto, espero que cuando llegue todavía valgan mil y no 100 o 10 pesos) y los de atrás te pitan como locos (o esto le pasa al de adelante, la ley de Murphy no falla). Por fin sales del cine y la manejada de hueva. Llegas a casa, quieres dormir pero prendes la tele para enterarte de quién fue el expulsado de Big Brother o de la Academia (según lo naco que seas, pero a fin de cuentas naco por ver esos programas). Duermes más o menos, despiertas y es lunes, puta madre, lunes. Todos odiamos los lunes. Ya queremos que sea viernes y todavía no llegamos ni a chambear.
Estas en tu chamba o en tu casa y es cumpleaños de un amigo. A nuestra edad ya no somos tan reventados como el pelu que celebra sus cumpleaños invariablemente el día de su cumpleaños como lo manda la tradición etílica de barú -no como los niños, orientados o victimizados por los padres, dos o tres semanas después del mero día- por lo que tenemos que hacer la llamada social o visita social para ver cuándo va a ser la pachanga. Tenemos que pensar en el regalito, en el detalle, qué hueva la verdad. Una tarjeta en farmacias Guadalajara o en la papelería de la esquina será suficiente. Pero gracias al siglo XXI no haces ni una ni la otra. Mandas un mensaje MSN por telcel (seamos realistas, quién en su sano juicio usa movistar o iusacell, nadie). Te has salvado de no ser invitado a la pachanga que será un fin de semana de estos. Vuelves a la rutina de evadirte de la realidad tras un monitor de computadora y borras todos los mails de importancia o simplemente no los lees y te dedicas a releer los mensajes en cadena que tanto odias, pero que tanto mandas y buscas y buscas chistes o más mails en cadena para demostrarle a tus amigos que piensas en ellos mientras esperas que termine tu día para irte a tu casa a tirar la hueva viendo la tele mientras acumulas energía para al día siguiente hacer exactamente lo mismo, sólo que sin que sea le cumpleaños de un amigo. Los mails seguirán siendo parte de tu día.
Manejas por Lázaro Cárdenas a 90 o 100, evades los carros de los viejitos esos que van por el carril de alta velocidad. Estos güeyes no pagan ni tenencia y se les ocurre ponerse en frente, chingado, decides rebasar por el carril derecho y exactamente al pasarlo y decir, ah que güey está! te das cuenta que iba despacio por que un támaro manejaba al centro de la avenida, nomás oyes el “oríllese a la orilla” mientras tu mente regresa a la mesita que está exactamente junto a la puerta de tu casa donde casualmente has dejado tu cartera o bolso con tu licencia de manejar en ella. Ah qué pendejo. Ni modo, a ver de a cuánto me sale.
Vamos a Chapala? Simón. Carnita asada, chelitas, paseo con los cuates, a gusto. Pero y de regreso? Las curvas de Chapala, no mames ca’, de súper hueva; el libramiento, el acercarse al tapatío, puta, que pinche trafical, ah, pero quería salir de paseo. Ni modo, y mañana es lunes, ni modo, te cansaste más en la manejada que en todo el fin de semana. Tardarás por lo menos dos o tres días en alivianarte del paseito a Chapala.
Jueves, viernes y sábado santo. Ni un alma en Guadalajara. Todo mundo en Manza, en Vallarta o en Sayulita. Y tú dónde estás? En Manza, en Vallarta o en sayulita. El regreso, ya lo sabes: el peor caos vial en la historia sobre todo por que el gobierno del estado decidió con su inmensa sabiduría, reiniciar algunas obras justo una semana antes, por lo que el camino se convierte en un calvario: las casetas, las constantes paradas a firmar, el único trailer del camino y justo en plan de barrancas donde no puedes rebasar y justo en las curvas más perras, alguien quiere desesperadamente ir al baño. De pura casualidad checas el tanque de gasolina y sí, tienes suficiente gasolina para aguantar otro ratillo, levantas la vista y el tráfico sigue y sigue y sigue.
No saliste en esos días? Te quedaste en Guadalajara por la chamba? Date un tiro. La semana más aburrida de la historia. Necesitas arreglar o limpiar tu casa o habitación. Jajaja. Te toma tres días o más terminar. Al reiniciar tu rutina, descubres que todo mundo o ha salido o ha hecho lo más interesante que les ha pasado hasta el momento. Tú respondes que tuviste un largo fin de semana para descansar que ya necesitabas y que además estás ahorrando para un viaje mucho más perro y más largo en junio o julio. Ahaa. Algún día, te dices a ti mismo, será otro el que se quede y yo tendré la aventura más perra de mi vida en una semana santa y se lo restregaré en su cara.
Visita al dentista. Tienes una muela picada y sabes que el proceso será doloroso. Ya oyes el patinar de la maquinita esa de la muerte. Prrrrrrrrrrrriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiissssssssssssssssssssddddddddttttttiiiiiiiiiirrrrrrrrr o algo así. La anestesia tarda un poco en hacer efecto, pero al hacerlo ya el doctor está en la tercer cavidad. Estás todo anestesiado y te pide que escupas. Jajajaja. Si pudieras lo escupirías en la cara pero no lo haces pues te recomendará que cambies de cepillo dental cada tres o cuatro meses (no recuerdo cada cuánto) y sabes que lo hace para mantener tu cordura mental. Intentas escupir y sólo logras babearte la camisa minetras un hilo de baba inmenso cuelga de tus labios y ni siquiera te das cuenta hasta que el dentista te da un kleenex y desvía la mirada de tus babeantes labios. El sabor salado de la plasta y de los ingredientes que usa te dura hasta la noche. Tienes las encías inflamadas y no puedes disfrutar del pedacito de pastel de fresa (o de chocolate o de lo que sea) que te encanta, prefieres irte a dormir, mañana, lo primero que harás será chingarte el pedacito de pastel con un vaso de leche. A la mañana siguiente, el pedacito de pastel ya está más duro que una piedra y la leche ya está echada a perder. Ah pinche dentista, por que no puse la cita para el jueves. Te quedas con el antojo. Pero en la tarde, después del trabajo vas a ir a comprarte un pastel, no una rebanada, un pastel completo para saciar ese antojo. Por supuesto en la tarde, ya no tienes antojo y ni siquiera piensas en pasteles.
Salida a un restaurant. Comida en domingo por la tarde. Media hora en la lista de espera. Mientras te atienden revisas el menú. Muy buenas opciones la verdad. Muy buena elección haber escogido este restaurant, aunque en el Ocio lo recomiendan con reservas pues los precios son un poco altos. El servicio no es muy lento, pero sí toma su tiempo. Ya llevas tres vasos de agua, tres refrescos o tres chelas y apenas traen tu platillo y el de tu o tus acompañantes. Plática amena, buena comida, muy buenos postres aunque sólo los ves pues ya has comido demasiado y apenas estás poniéndote al corriente con tus propósitos de año nuevo. La cuenta la dividen entre tu y tus acompañantes. Discuten un poco en cuanto a la propina, no se quieren ver muy codos ni muy espléndidos. Claro, somos tapatíos y así es siempre con las propinas. Al final dejan una cantidad -que el mesero ve con ojos de mmmhh, ni por el súper servicio que les di al momento de agradecerles el haber venido y los invita nuevamente a que visiten el lugar- que consideran suficiente y justa. Sales del restaurant y recuerdas que dejaste los lentes en la mesa, regresas en chinga y el mesero ya se los estaba embolsando cuando le dices, oye, dejé mis lentes aquí en la mesa. Te ve con cara de chin, no me los quedé mientras te dice, ah sí, aquí los estaba guardando al meter su mano al mandil. Te los extiende con una sonrisa. Gracias y sales del restaurant. Son cincuenta pesos del valet parking. Un poco caro pero no quieres discutir. Los pagas y te vas. Mientras te subes al carro, acción que dura menos de un segundo, analizas cada centímetro cuadrado esperando ver un desorden en caso de que los del valet se hayan robado algo. No ves nada por lo que presumes que no se robaron nada. Haces esto a pesar de que desde que vise el letrero de “valet Parking” guardaste TODO en la guantera y la cerraste con llave. Sin embargo, no revisas la guantera sino hasta que ya saliste del área del restaurant. Nada falta. Mejor así. El domingo sigue su lento caminar. Un domingo común y corriente.
Ida al estadio. Buenas y frías chelas, buenos lonches afuera del estadio. Te comes uno y piensas en un segundo pero te detienes al saber que adentro del estadio las chelas pueden dificultarse si entras muy lleno. Prefieres esperar para la salida. Ya adentro las cervezas siempre son caras y pocas veces muy frías. Buscas un lugar con la perrada (si no tienes palco ni butacas como la fresada) donde no se vea una porra muy desmadrosa. Te sientas y pides la primer chela (de adentro del estadio, ya te echaste dos o tres afuera, en el modelorama de la esquina donde sirven limones y sal) estás en buen lugar aunque comentas que el estacionamiento es siempre un desmadre (pocos somos afortunados de tener el estacionamiento que tiene Esaú en el estadio, a media cuadra del mismo) Vas al baño y sólo oyes los gritos de gol. Para variar te lo perdiste. Al regresar preguntas que qué pasó. Golazo. Ni modo, lo veré en Acción (nunca deporTV) si no se acuerdan que prometiste ir al cine. Buen juego o malo, pero fuiste al estadio y eso siempre es algo divertido.
Quieres cambiar de aires y te organizas con los cuates para ir a otro lugar que no sea le de siempre. Deciden ir a una cantina del centro para echarse unas chelitas y una botanita. Pocos estacionamientos, chelas de la sol, guac!!! Nadie en su sano juicio pide una de estas pseudo-cervezas, pero no hay más y no quieres sonar amargado diciendo: deberíamos ir a X lugar, X refiriéndose al mismo lugar de siempre. Después de dos o tres horas, por decisión unánime, se dirigen al mismo lugar de siempre. Al cruzar la puerta te sientes en casa. Los meseros te reconocen y los saludas con la vista mientras tu barman te ve y ya saca las frías para tus cuates y empieza a preparar tu bebida preferida, que por supuesto, ya conoce. Hierbabuena en chabela con arto absolut y sin popote.
Cuántas historias dejé atrás en Guadalajara? Cuántas veces me quejé de ir al banco, del caos vial, de tantas y tantas cosas? Nunca llevé la cuenta. Hoy, extraño cada historia. Extraño el estar en el banco, en el pinche cine, el echarme unos dogos del chino afuera del cine Foro, el ir a la FIL y su eterno e irremediable caos vial y mil cosas más. Cosas que no se han ido, sino que esperan mi regreso. Mi santa y bendita rutina de tener rutina.
Aquí mi rutina es muy, MUY diferente, pero rutina al fin. Es la rutina de ser extranjero, de estar en un lugar que me resulta extraño y que cada cosa me es nueva. Mi rutina es la rutina de no tener rutina.
Aquí suceden muchas otras historias, que poco a poco he ido conociendo. Pero algún otro día se las platicaré. No hoy. Por el momento los dejo. Mañana es lunes y tengo que recibir a mis alumnos. Peter, un chavo que medio entiende swahili (su lengua materna es el Kilúo, un dialecto de la zona) y sabe tres palabras en inglés, manejará su bicicleta por una hora para llegar a la escuela. Tarde por supuesto. Esa es su rutina.
Memo, desde aquí.
|
|
|