Memo's profileantimalariaPhotosBlog Tools Help

Blog


    January 03

    Son los papás...

     

    A los 8 o 9 años, muchos niños me preguntaban qué me había traído Santa Claus, El niño Dios, o los Santos Reyes. Al nunca haber creído en ellos o en ninguno, no sabía qué decir. Al preguntarle a mi mamá y mi papá qué decir al respecto, me explicaron que cada familia tenía la costumbre de decirle a los niños que uno de los personajes arriba mencionados era el responsable de los regalos navideños (y los reyes, pues de reyes obviamente, no están tan pendejos) que los niños recibían.

     

    Claramente después de esa conversación con mis padres, supe que tenía que decir cuáles regalos había recibido. Todas las veces sin embargo, omitiendo la parte de que no habían sido esos personajes ficticios en cuestión sino mis padres los responsables de los regalos, para evitar poner en peligro la creencia propia de cada uno de los niños que me cuestionaban acerca de mis regalos navideños a tan temprana edad.

     

    Al llegar a los doce o trece años, descubrí fuera del Colegio Inglés un arma sumamente poderosa. El poder de desilusionar a un niño. Al estar sentado junto a mi amigo Luís Abraham, vi venir a un niño, y como inspirado por el genio maligno cartesiano, dije en voz alta mientras el niño este pasaba justo frente a mí: “mis papás me han dicho que no existen ni santa claus ni el niño dios; que son ellos quienes dan los regalos en navidad”. Solté una carcajada eufórica, Luís Abraham me vio con cara de que soy un hijo de puta y el niño este, sufrió una transfiguración en el rostro digna de una película hollywoodesca, por su rostro bajó una lágrima y su boca dibujo un gesto indescriptible.  

     

    El ver la cara de desilusión y más que nada las lágrimas de ese niño me inspiró tanto pero al mismo tiempo me llenó de miedo:

     

    ¿Cómo es posible cambiarle la vida a alguien con sólo unas palabras?

     

    Nunca más utilicé esa arma sino hasta bien entrado en mis 17-24 años.

     

    El 25 de diciembre, copas encima, me dirigía manejando o copiloteando a algún parque cercano a casa para donde sea que viera un grupo de niños jugando con sus juguetes de más reciente adquisición gritar a todo pulmón con cerveza en mano:

     

    “¡¡¡No existe el niño dios ni santa claus... son sus papás los que les dan los regalos!!!”

     

    Seguido esto por una carcajada eufórica. Invariablemente cada una de las veces.  

     

    Creo que ningún niño con más de una neurona, defendido por el testimonio que sus juguetes nuevos y relucientes en sus manos le proporcionaban, me hubiera creído; pero la reacción de sus padres que les vigilaban en medio de una resaca de envidia, les daba a entender que aquel borrachín les decía algo más que los padres querían que supieran y que hoy sé a ciencia cierta, todos los niños deben de saber: imperativo categórico kantiano.

     

    Mis amigos siempre me regañaban por hacer eso. Claro, nunca se quejaban cuando les decía a media tarde del 25: “vamos a darnos un tour” y sabían por mi mirada y las cuatro cervezas que llevaba en mano que no íbamos a comprar más cervezas sino a gritar al parque.

     

    Hoy ya no hago eso. Pero muchas veces viví atormentado por la idea de que algún padre furibundo me reventara la cara a golpes por el desengaño del que había hecho víctima a su hijo. Es necesario recordar que nunca me he peleado y no sabría cómo responder ante la embestida de algún padre energúmeno.

     

    Pues bien. Cuando descubrí esa arma tan poderosa me llenó de miedo y así mismo me inspiró el poder cambiarle la vida a alguien con sólo unas palabras... un mal necesario.

     

    Hoy 1 de Enero del 2007 justo a las 10:13 a.m. hora tanzana, sin una resaca de miedo, después de dieciocho meses -pero nunca antes tan puntual- mi teléfono ha sonado trayendo consigo mi regalo:

     

    Me habló mi papá.

     

     

     

    Son los papás los que dan los regalos de navidad y de reyes. Alguien debe estar gritando eso en este preciso momento seguido por una carcajada eufórica mientras mi rostro se llena de lágrimas, sin embargo ellas de alegría.

     

    Gracias a ese alguien por haberlo gritado.

     

    “Son los papás los que dan los regalos de navidad y de reyes” me dijeron mis papás. Pero nunca los escuché.

     

    Hasta hoy.